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Analistas 26/01/2026

Latam vuelve a importar

María Claudia Lacouture
Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

En esta secuencia de columnas sobre perspectivas que terminan teniendo impacto directo o indirecto en la relación Colombia - Estados Unidos, hace una semana hablé del “contexto global sin manual”. Hoy el foco se acerca, América Latina y el Caribe vuelven al centro de la conversación, no por un giro dramático de guión, sino por algo más estructural, porque el mundo se está fragmentando y, cuando las potencias se empujan, el hemisferio deja de ser “vecindario” y se convierte en geografía estratégica.

Con un crecimiento regional proyectado alrededor de 2,3% (muy parecido a 2,4% de 2025), la región llega con el motor encendido en primera, avanza, sí, pero no lo suficiente para cerrar las brechas acumuladas y ensanchadas de productividad, informalidad y bienestar.

El clima externo trae cuatro corrientes que se cruzan como tráfico en hora pico en América Latina: competencia geopolítica, reconfiguración de cadenas de suministro, transición energética (con disputa por minerales críticos, estándares e infraestructura) y condiciones financieras todavía exigentes para países con poco margen fiscal. Traducido: el mundo quiere menos sorpresas y la región suele ofrecerlas con entusiasmo. Por eso el reto ya no es solo crecer, sino crecer “mejor”, con reglas previsibles, instituciones que funcionen y empleo formal que, como va, parece más una especie en vía de extinción.

La ventana de nearshoring sigue siendo la oportunidad más tangible, pero no se activa por cercanía geográfica ni por esfuerzos coyunturales, se gana con puertos, talento, seguridad jurídica y facilitación del comercio. Además, la revisión del Usmca en julio de 2026 añade un efecto dominó regional: lo que cambie en reglas de origen o incentivos industriales en Norteamérica reacomoda decisiones corporativas y, por extensión, las posibilidades para proveedores en el Caribe, Centroamérica y Sudamérica. Colombia puede capturar parte de esa ola si ofrece certeza operativa, no solo presentaciones bonitas.

El ciclo electoral regional -y Colombia en año presidencial- eleva la sensibilidad: cualquier fricción bilateral puede amplificarse en debate interno y mandar señales inmediatas a mercados. El 2026 también viene cargado de símbolos en EE.UU.: Mundial y America250, una vitrina perfecta para medir movilidad, seguridad y capacidad consular. Si viajar es ágil, se fortalece el soft power; si es un laberinto, se vuelve munición política. En resumen: América Latina renueva su relevancia porque el mundo la necesita más… y porque, esta vez, la relación con Washington premiará menos el discurso y más la ejecución. No importa lo que se diga, importa lo que se haga.

El contexto latinoamericano también “delinea” la agenda porque Washington mira el mapa como tablero: competencia con China, infraestructura digital, minerales, rutas marítimas seguras... Para Colombia, eso abre espacio para hablar de transición energética con pragmatismo (renovables, redes, hidrógeno, minerales críticos), de biodiversidad como activo económico y de cooperación en seguridad que evolucione hacia crimen transnacional, ciber y lavado.

La región, en pocas palabras, dejó de ser tema de pie de página y pasó a ser nota al pie… del presupuesto. ¡¡Y eso, para bien o para mal, se siente!!

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