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Analistas 15/08/2026

El poder no da la razón

Juan Carlos Zuleta Acevedo
Consultor en Emprendimiento e Innovación

Hace algunos años entendí una de las paradojas más peligrosas del liderazgo: mientras más poder tiene un líder, menos gente se atreve a decirle que está equivocado. No ocurre de un día para otro ni necesariamente es consecuencia de la arrogancia.

A medida que aumenta su autoridad, las conversaciones cambian: las palabras se miden, las malas noticias llegan acompañadas de explicaciones y quienes piensan diferente evalúan si vale la pena manifestarlo. Sin darse cuenta, el líder empieza a escuchar menos lo que necesita oír y más lo que los demás creen que quiere escuchar. El poder no da la razón; simplemente hace más difícil que alguien le diga que no la tiene.

Por eso considero que la humildad es una de las competencias más importantes del liderazgo. No me refiero a restarle importancia a los logros, sino a reconocer genuinamente que podemos estar equivocados. Decir “no sé” requiere seguridad; decir “me equivoqué”, aún más. La vulnerabilidad no consiste en exhibir nuestras debilidades, sino en no tener que esconderlas.

Un líder vulnerable puede preguntar sin perder autoridad, cambiar de opinión sin perder credibilidad y recibir una crítica sin interpretarla como una amenaza. Al final, reconocer un error no debilita al líder; muchas veces fortalece la confianza de quienes lo rodean.

Esto tiene consecuencias concretas en una empresa. Las organizaciones dependen de la calidad de la información con la que toman decisiones y, cuando las personas tienen miedo de contradecir a quien tiene el poder, esa información se deteriora, los problemas se suavizan, los presupuestos se vuelven optimistas, los errores encuentran justificaciones y las reuniones terminan convertidas en espacios donde todos validan lo que alguien ya decidió. Paradójicamente, el líder puede sentirse respaldado mientras se aleja de la realidad. El consenso no siempre demuestra que tiene razón; a veces demuestra que nadie quiere llevarle la contraria.

He aprendido que una buena medida del liderazgo no es cuántas personas están de acuerdo con nosotros, sino cuántas se sienten seguras para decirnos que estamos equivocados. Lograrlo requiere más que repetir que tenemos “la puerta abierta”. Las personas observan qué ocurre cuando nos contradicen. Si interrumpimos, nos ponemos a la defensiva o hacemos sentir incómodo a quien cuestiona una idea, el mensaje queda claro.

La puerta podrá seguir abierta, pero pocos querrán entrar. La humildad deja entonces de ser solo una virtud y se convierte en una herramienta de gestión: permite acceder a información que la arrogancia termina ocultando.

Todos los líderes nos equivocamos. Tomamos decisiones con información incompleta, interpretamos mal una situación o insistimos demasiado en una idea. Es parte de dirigir. El verdadero riesgo para una organización no es tener un líder que se equivoca, sino uno al que nadie se atreve a corregir. La autoridad nos da la responsabilidad de decidir, pero nunca la garantía de acertar. Mientras más poder acumulamos, más humildad necesitamos para recordar una verdad sencilla: el poder puede darnos la última palabra, pero jamás nos da la razón.

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