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La hora de la desglobalización

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María Claudia Lacouture Exministra de Comercio

Los análisis que comienzan a circular con las perspectivas de los años venideros confirman la tendencia mundial del regionalismo abierto, impulsado por la incertidumbre por la disputa comercial entre Estados Unidos y China y la traumática salida de Inglaterra de la Unión Europea, que parecen no tener fin cercano y que afectaron sensiblemente el comercio y la confianza inversionista.

La tensión chino-estadounidense, principalmente, aceleró el proceso “desglobalización”, con la premisa de que será mejor tener aliados cercanos con reglas de juego estables y claras, que incorporen nuevos valores respecto al medio ambiente, la dignidad humana y la calidad y procedencia de productos. La sociedad ha cambiado y demanda economías más sólidas, pero también confiables.

También hay que reconocer que la globalización tuvo un efecto positivo en el mundo. Mientras en los años 90, según datos del Banco Mundial, la clase media representaba cerca del 20% de la población, este año llegará al 47%, al tiempo que el porcentaje de las personas en extrema pobreza pasó del 36% al 8%.

A la vez, en los últimos 20 años, el PIB chino pasó de ser menos de US$1 trillón en 1988 a cerca de US$13 trillones en 2018, haciendo que esta economía, que ocupaba el último lugar entre el G7, ya sobrepasó a Japón, Alemania, Canadá, Francia y Gran Bretaña.

Aunque se esperaba que ese crecimiento derivara en la consolidación de la globalización en un proceso de gana-gana para todos los países, al final predominó la certeza de que no podía ser a cualquier precio, con bajos sueldos, sin claridad sobre la propiedad intelectual ni en la política monetaria, con una estrategia expansiva e invasiva.

Mientras que en la era de la globalización la pauta se dio por la apertura de mercados, desde 2010 se impone la necesidad de establecer más alianzas locales y el desarrollo de habilidades según el potencial regional, en donde además el consumidor ya no sólo tiene en cuenta buenos precios sino también el compromiso empresarial con los valores, un recurso humano capacitado en los nuevos desafíos que presentan las tecnologías y sobre todo eficiencia y la productividad.

El desarrollo sostenible, el control del cambio climático, el uso y consecución del agua, la generación de alimentos sanos, las migraciones, el empleo digno, la revolución digital, el manejo responsable de la información, pasaron a ser factores determinantes en las relaciones modernas entre las naciones.

Hoy se abren paso nuevos modelos de interacción comercial más acordes con esas premisas y con el fortalecimiento de industrias limpias, más productivas, incorporadas a las cadenas globales de valor, bajo un equilibrio entre lo social, lo económico y lo ambiental, con una proyección en los años que garantice un sistema pensional global que cada vez más luce más debilitado. Se calcula que para 2035 por cada trabajador retirado habrá dos cotizando, mientras que en los años 60 la proporción era de 1 a 5.

Y tenemos que estar atentos en este proceso de reacomodación internacional para identificar oportunidades, así como propiciar e impulsar un regionalismo abierto en nuestro continente -como ya lo están haciendo en el sudeste asiático-, con una alta dosis de sensibilidad social que desestimule la creciente irritación de las clases medias que ya estamos presenciando.

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