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Colombia, como todas las naciones, está frente a la necesidad de evolucionar, de generar equilibrios que permitan una distribución más equitativa y eficiente del bienestar, y esto no se logra penalizando a las empresas, la fuerza productiva y motor de desarrollo de un país.
Es tan incoherente crear desarrollo ciudadano sin las empresas, como tener empresas sin garantizar el bienestar ciudadano, y por eso el diálogo nacional para el crecimiento con equidad que ha comenzado como resultado de las marchas de los últimos días, debería tener como principio la ratificación de una economía social de mercado basado en la libertad de empresa y competencia; y como objetivo, un crecimiento económico justo y equitativo para todos, una política de desarrollo sostenible, con empleos formales y duraderos.
La conversación debe contribuir a construir una cancha de juego equilibrada que permita generar crecimiento sostenible, y con ello sentido de pertenencia, con educación pertinente, con oportunidades, con valores, con emprendimiento y sin resentimientos de clase. Las propuestas, leyes o políticas con matices populistas podrán ayudar a resolver el clamor del momento, pero no responden al reto mayor de largo plazo.
Querer generar empleo a través de un decreto o ley no es de largo aliento. Abrir nuevos puestos de trabajo es la consecuencia del esfuerzo empresarial que, adicionalmente, cuente con garantías del Estado para mejorar su competitividad, con una visión puesta en el desarrollo del individuo y el progreso de las comunidades, con un norte sobre el tipo de economía de mercado que se quiere, que nos beneficie a todos, le de confianza a la sociedad, esperanza a los jóvenes y futuro a las siguientes generaciones.
Para que el diálogo nacional sea efectivo debe ser organizado, convocar a los sectores correctos, con una agenda abierta pero concreta, sin chantajes ni soberbias, sin radicalismos ideológicos, con estrategia y procedimientos claros que eviten un diálogo estéril.
Al haber tantos temas sobre la mesa, se requiere de grupos focalizados y multisectoriales que aporten, con un cronograma concreto y un plan de acción realista que permitan avanzar con paso firme, sin excesiva retórica y con mucha disposición a lograr entendimientos sólidos, incluyentes y de largo aliento.
Propiciar un diálogo sin jerarquías, un trabajo en grupo horizontal que facilite la comunicación, con fundamentos y actitud positiva para escuchar y debatir en función de lo que queremos y lo que podemos, enfocando los esfuerzos en lograr unidad en los asuntos más urgentes.
Son días muy complejos, de tensión e incertidumbre, que no podemos prolongar, porque esa sensación propicia caos, inestabilidad, afecta la productividad, detiene el crecimiento y castiga el empleo.
Los efectos prolongados del cese de actividades forzado en el que incurren las empresas para evadir los desmanes, la necesidad de reducir los horarios productivos para garantizar la seguridad de sus trabajadores, las pérdidas de los comercios, los daños a la estructura del servicio público de transporte, a los edificios, todo ello será una cuenta que tendremos que pagar más adelante.
Las circunstancias imponen consenso y grandeza, y que el papel de las empresas salga fortalecido, pues de su éxito dependerá que Colombia retome el sendero hacia el progreso con equidad, garantice la tranquilidad ciudadana y proyecte una paz duradera.
La verdad sea dicha, el Gobierno desperdició un tiempo precioso para tomar las medidas apropiadas para destrabar la ejecución de los proyectos de generación y de transmisión
Hay un punto que el empresariado y la academia deberían leer juntos: la pertinencia. De poco sirve graduar más profesionales si sus credenciales no conversan con un mercado laboral que cambia a otra velocidad
Ecopetrol es la empresa más grande del país y tiene hoy una carga financiera muy elevada. Procede contrastar la acertada gestión de Felipe Bayón con la pésima de Ricardo Roa al frente de la entidad, para entender las consecuencias de la mala gerencia