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Corredor turístico de las Américas

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Convertir la carretera panamericana, desde Alaska a Tierra del Fuego, como la columna vertebral de un corredor turístico continental podría parecer descabellado si no fuera porque desde el siglo XIX existen proyectos para encadenar a todos los países mediante un sistema ferroviario o de carreteras, concebido para promover el comercio y el intercambio cultural. Desde entonces ha sido un propósito tan recurrente como intermitente.

En 1880, el Gobierno de Estados Unidos propuso construir una vía férrea para conectar a todo el continente y financió estudios de factibilidad hasta 1928 cuando el auge de los automóviles hizo que los países americanos transformaran ese desafío en la construcción de la Carretera Panamericana, una obra multinacional que se hizo a los pocos, en la medida de las posibilidades de cada quien.

La industria aérea le quitó ímpetu al proyecto terrestre, pero ahora, con la expansión del turismo y en plena era digital, ese propósito continental cobra actualidad sustentado en la conectividad y el tráfico multimodal.

La Organización Mundial del Turismo (OMT) lidera desde hace un par de años un interesante proyecto con 34 países asiáticos y europeos denominado la Ruta de la Seda de la OMT, centrado en la proyección a largo plazo de sus destinos históricos y de cómo convertirlos en la más importante ruta turística transnacional del siglo XXI.

La Ruta de la Seda de la OMT, que va desde China hasta España es un proyecto de desarrollo sostenible que estimula la cooperación, las inversiones y promueve la conservación del patrimonio natural y cultural de los sitios incluidos en la travesía.

Sus países miembros utilizan el concepto como atractivo de los destinos e incluso tienen un convenio mediante el cual hacen programas de televisión y documentales con grandes productoras que han sido retransmitidos a escala global.

De igual manera, podemos concebir la ruta turística de las Américas con la asesoría de la OMT, para su conceptualización, facilitación y promoción, y para propiciar el intercambio de información, la formación académica, la mejora de los servicios, el bilingüismo, así como para identificar la forma de hacer más fáciles los trayectos, trabajar en las barreras fronterizas e impulsar el transporte multimodal.

La labor de la OMT tiene como finalidad que las comunidades locales puedan beneficiarse en la mayor medida posible del desarrollo del turismo, captar inversiones y mostrar el patrimonio natural y cultural. Para maximizar los beneficios considera fundamental tener en cuenta la sostenibilidad y la cooperación transfronteriza, por lo que la participación de la entidad como gestor y catalizador es fundamental.

Imaginarse la Ruta de las Américas, por tierra, mar y aire, como un mapa que desafíe a los viajeros y tenga como columna vertebral el trazado histórico de la carretera panamericana, no parece un desafío descabellado. Además, ya no hace falta superar el viejo propósito de atravesar los 130 kilómetros de selva y pantanos del Tapón del Darién, en la frontera colombo-panameña. Preservarlo sería la mejor inversión.

Lo que puede proponerse América es concebir un proyecto de turismo sostenible como el de la Ruta de la Seda, un concepto que comienza a ser un referente para los viajeros y sujeto de promoción y de trabajo conjunto. La ruta de las Américas sería sin duda una herramienta de integración.

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