Analistas

Todos pierden

Pocos episodios dejan a todos los bandos involucrados con saldos en rojo. El mediático debate entre el presidente de Ecopetrol y el profesor Vanegas sobre los títulos mineros en la región de La Macarena resulta emblemático por esa razón. 

Perdió, cómo no, el presidente de Ecopetrol. No por la achicharrada mediática; esa hace parte de su investidura: resulta imposible tomar las decisiones que vienen con un cargo de tanto peso sin dejar enemistades en el camino. Pero perdió porque su salida de casillas impulsó la muerte del título que defendía. 

Perdió, cómo no, el señor Vanegas. Se puso el sombrero de académico pero rápidamente se hizo evidente que su experticia académica, medida por sus investigaciones publicadas en revistas de primer nivel, es nula. Sus colegas lo descalificaron: el director de la Escuela de Petróleos de la UIS, envió una carta en la que afirma que las tesis de Vanegas “carecen de validez y fundamentación, puesto que el ingeniero Óscar Vanegas no ha desarrollado investigaciones profundas que se basen en el método científico, en trabajo de campo y de soporte tecnológico experimental de laboratorio que le permitan establecer conceptos veraces y concluyentes”. Después de todo, su tesis según la cual cavar pozos seca los acuíferos, parece tener tanto respaldo en la academia como la de la infortunada analogía alienígena del exministro.

Perdimos, cómo no, los profesores. Quedó en la opinión pública la sensación de que un profesor puede ser un ideólogo disfrazado de académico que defiende causas haciendo creer a la contraparte que hay argumentos científicos que las respaldan. Flaco favor le hacen a la causa científica quienes usan profesores con esos fines y los que le prestan a esas causas su carné y el prestigio del gremio.

Perdieron, paradójicamente, los ambientalistas. La defensa efectiva del medio ambiente tiene que ser institucional y si algo quedó por el suelo es la credibilidad del andamiaje institucional para protegerlo. La Anla estudió durante cuatro años la viabilidad de la licencia ambiental y la revocó en un par de días de indignación en redes sociales. O hizo mal los estudios y no debió otorgarla o los hizo bien y no debió revocarla. Quizás la única buena noticia de todo este episodio es que le costó la cabeza a su director. Ojalá su remplazo construya un equipo capaz de pensar las licencias marginándose de los fanatismos mineros y ambientalistas y que base sus decisiones en la ciencia y no en las redes sociales.

Perdió, como siempre, la justicia que ahora deberá perder el tiempo tramitando una querella por injuria y calumnia del señor Vanegas, ofendido por las palabras de Echeverry.

Y, cómo no, quedó mal parado el gremio de formadores de opinión. En lugar de escudriñar si había buenas razones para otorgar o revocar la licencia, estudiar el fondo del debate y guiar la discusión al plano de los argumentos, se centraron una vez más, en criticar las formas. Cito dos ejemplos de columnistas muy leídos que cayeron en la trampa. Ricardo Silva de El Tiempo habla del “tonito soberbio, displicente, de la República Neoliberal” y de “cómo es de agresiva la arrogancia cuando se vale de ella alguien que no la necesita”. Samper Ospina en Semana, unas líneas antes de reírse de la barriga del Ministro de Defensa, califica a Echeverry de infernal e insoportable y se pregunta si es humano. Burlas y adjetivos que seguro aplauden las redes. ¿Y quién nos guía sobre el fondo? Ah, eso se lo dejamos a los Vanegas de turno que son los que saben.