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Progreso social

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Cuando era niño ver un noticiero era un ritual ineludible en mi casa. Eventos que marcaron nuestra historia como la avalancha de Armero o la toma del Palacio de Justicia dejaron improntas perenes en los niños que en aquella época dábamos los primeros pasos ojeando el acontecer nacional. Al margen de los dos eventos mencionados, hubo otros que se repetían: eventos normales, que acompañan nuestras vidas cotidianas, cuyos detalles varían pero su fondo es el mismo. 

Por ejemplo, un fin de semana típico incluía el reporte de una toma u hostigamiento guerrillero de algún municipio colombiano y el asalto de su respectiva Caja Agraria. Crecí, como muchos compatriotas, pensando que la toma violenta de municipios y el robo de sus bancos era una actividad normal, parte del paisaje que acompañaba a la raza humana en los ochentas. 

A finales de esa década, los niños de mi generación ya un poco desensibilizados a punta de ver noticias, asistimos al asesinato de tres candidatos presidenciales en pocos meses. Cuando cayó el primero, Galán, creímos que era un evento como el de Armero, insólito y doloroso, pero que no volvería a ocurrir. Cuando a los pocos meses sumamos el tercer asesinado, en las lecciones de colegio bien podrían habernos enseñado que Colombia era un país con tres cordilleras, dos mares y donde los candidatos presidenciales eran asesinados.

Mi adolescencia transcurrió con el trasfondo de las bombas del narcoterrorismo. Tres explotaron a pocas cuadras de mi casa, una rompió sus ventanales y otra fue desactivada a la entrada de mi colegio a la hora en que los niños entrábamos a clase. Simplemente vivíamos en una ciudad en la que asiduamente explotaban bombas. Con la perspectiva de los años, parece pasmoso cuán consuetudinario nos resultaba que de manera aleatoria podíamos volar en pedazos. 

Cuando las noticias llegaban a la sección económica destacaban que la inflación interanual colombiana era de casi 30%. También se sorprendería un adolescente en 2015 si viera una transmisión en directo desde una calle colombiana en los 80s al descubrir que sólo había tres marcas de vehículos-las que se ensamblaban aquí-porque los aranceles hacían imposible el acceso a autos importados.  También vería que los usuarios de los buses de transporte público colgábamos a horas pico como racimos de la puerta de los vehículos. No insultábamos al conductor por poner en riesgo nuestras vidas, no; de hecho, le agradecíamos que se detuviera y nos llevara colgando. Y si bien había muchos menos carros y tráfico, no había espacio para los peatones. Se parqueaba en los andenes. La norma social que amparaba estos comportamientos era tan extendida que ni siquiera llegaba a las noticias. 

Por eso cuando ahora veo que todos años parecemos discutir la misma reforma del Estado, nos preocupamos por la inflación llegando a 4%, seguimos en la disyuntiva de si Transmilenio o metro, peleamos por el glifosfato y el tipo de penas que debe enfrentar la guerrilla cuando entregue las armas, en fin, cuando parece que nos transmiten la misma noticia, la misma preocupación, el mismo debate todos los meses, recuerdo que ya no nos vuelan a bombazos, las tomas de pueblos son un evento extrañísimo, los pasajeros de transporte público vamos espichados pero no colgando, hace 15 años tenemos la inflación en un dígito, los bancos roban a la guerrilla y no al revés y los candidatos presidenciales-algunos de los cuales hacen de la negación del progreso social la plataforma de sus campañas-viven para contarle a sus nietos sus aventuras. 
 

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