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¿Privatizar o no privatizar?

La semana pasada el gobierno anunció su intención de vender la participación que tiene en Isagén. La venta representaría recursos por al menos $4,5 billones, una cifra grande que equivale a cerca de 4% del recaudo total del Estado en un año. El comunicado gubernamental explicó que “la labor del Gobierno en Isagén ya está culminada: la empresa es sólida y eficiente; la industria de generación eléctrica es madura en Colombia y cuenta con una adecuada regulación y con amplia competencia” y aclaró el destino de los recursos: “las necesidades del país en materia de infraestructura de transporte son apremiantes. La venta de Isagén ayudará a financiar las inversiones contempladas en el programa de concesiones viales de cuarta generación (4G)”. 
 
Los argumentos a favor o en contra de dicha venta vienen en dos variedades: las financieras y las ideológicas. Mezclarlas es una tentación difícil de escapar pero impide un análisis juicioso de la propuesta. Aquí me centro en los argumentos en el frente financiero. El punto de fondo es que quienes vociferan a favor o en contra de la venta usando argumentos financieros en realidad los están usando como máscara de sus ideologías. 
 
 El precio de una acción refleja el valor presente neto del flujo esperado de dividendos del título. Vender las acciones ni empobrece ni enriquece al vendedor. Simplemente le pone hoy sobre la mesa, en una montaña, los recursos que recaudaría mañana vía dividendos, unas pequeñas montañitas futuras. 
 
Algunos dicen que es mala idea vender Isagén ahora porque en poco tiempo entrarán a funcionar varios proyectos de la empresa que son posiblemente muy rentables (como Sogamoso). Mal argumento. Esos proyectos ya hacen parte de las montañitas futuras y por tanto se deben reflejar en el potencial precio de venta. La analogía de que vender Isagén es matar la vaca lechera para comer carne un solo día es taquillera pero falsa. 
 
Otros dicen que el gobierno es malo para los negocios y que esta empresa en manos privadas daría mejores resultados financieros. Si eso fuera cierto, entonces la montaña de recursos que le darían hoy al gobierno en caso de vender la empresa es más grande que la suma de las montañitas que recogería el mismo gobierno en el futuro. Los privados que compren la empresa pagarían basados en las montañitas futuras que ellos podrían generar (mayores a las generadas con participación gubernamental). Así, vender sería un buen negocio. Lo contrario ocurriría si uno cree que el gobierno es mejor que los privados para explotar el negocio. Vender en ese mundo sería mala idea porque el gobierno generaría mayores utilidades, montañitas futuras, de lo que los privados le pagarían hoy de contado. 
 
La empresa de marras ya es mixta, es decir ya tiene participación privada, y parece haber consenso sobre el buen manejo que ha recibido en los últimos años. Por tanto, si hubiera una diferencia al pasar de manos gubernamentales a privadas entre la montaña de hoy y la suma de las montañitas futuras, sería pequeña. Así, no hay desde el punto de vista financiero razones fuertes para pensar que la venta mate la gallina de los huevos de oro ni que represente el negocio de la vida para el gobierno. Los que desde una orilla vociferen que vender la empresa es un pésimo negocio financiero para el Estado y aquellos que desde la otra orilla griten que es una maravilla seguramente están mezclando la ideología con los números. El debate ideológico es interesante; sus aristas son cruciales a la luz de las negociaciones de paz; pero conviene hacerlo sin máscaras.
 
Twitter: @mahofste