Analistas

Paz y PIB

Si las cosas marchan como nos han anunciado, en los próximos meses el Gobierno y las Farc pondrán punto final al acuerdo que termina más de medio siglo de conflicto armado en Colombia. Vendrá un proceso de implementación y refrendación de lo pactado y empezaremos a transitar el sendero del posconflicto. 

Parar la guerra es, en mi opinión, un imperativo generacional que mejorará la calidad de vida de miles de colombianos. La lista de razones para andar este camino es larga pero algunos de quienes apoyan el proceso tienden recientemente a centrar la defensa del mismo en una cifra que pareciera resumir todo lo bueno de este: la economía colombiana crecería entre uno y dos puntos porcentuales adicionales de por vida tras la firma del acuerdo. La promesa me recuerda las primeras páginas de Cien años de Soledad cuando Melquíades lleva dos lingotes imantados a Macondo y asombra al pueblo con los poderes que tienen. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve.” 

¿Por qué creo que la paz no sirve para eso? Hay varias razones. La primera, tiene que ver con la importancia relativa de las actividades económicas que en principio se beneficiarían del fin del conflicto. Al campo le irá mucho mejor, se argumenta. Sin desconocer que podrá florecer en algunas zonas si además de apagar el conflicto el Estado hace finalmente presencia institucional fuerte, lo cierto es que el sector agropecuario pesa muy poco-solo 6% de la actividad total-y que a menos que rompamos las tendencias del resto del mundo en los últimos 200 años pesará cada vez menos. Si el sector agropecuario estuviera a cargo de hacer crecer a toda la economía colombiana en un punto adicional durante la próxima década deberá expandirse a más de 15% anual en promedio. Una cifra inverosímil. El DNP argumenta que no solo el agro sino también la industria y la construcción crecerán más con el fin del conflicto. Sin embargo, los crecimientos sectoriales adicionales que estima el DNP-que en todo caso lucen optimistas-solo alcanzarían para medio punto de crecimiento adicional en el total de la economía.

Segundo, las tasas de crecimiento de los países tienen baja persistencia en el largo plazo. Esto implica que el crecimiento económico de largo plazo no puede estar explicado por elementos duraderos como podría ser la paz. Si la paz tuviera efectos sobre el crecimiento de la actividad económica no podrían ser eternos sino que exhibirían rendimientos decrecientes, disminuirían en el tiempo hasta desaparecer.  

Tercero, en ninguno de los países de América Latina que terminó conflictos armados heredados de la guerra fría sin que mediara la derrota militar de alguna de las partes (Nicaragua, El Salvador y Guatemala) es posible discernir un salto en las tasas de crecimiento económico de largo plazo en relación a las del resto de la región.  

Si algo hemos aprendido tras décadas de investigación es que el engranaje del desarrollo económico tiene cientos de piezas importantes pero pocas varas mágicas. La paz hará parte del engranaje, no de las varas. Bienvenidos los lingotes imantados de la paz. Pero no creamos que los podemos usar para desentrañar oro.