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El primer debate del posconflicto

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En el año 2000 asistí a una cena de estudiantes doctorales en Washington. Dos de los asistentes eran chilenos. La dictadura había caído hacía una década y Pinochet ya no ejercía su cargo de senador vitalicio. Yo suponía que las heridas de la dictadura ya habrían cicatrizado especialmente en personas que debían ser apenas adolecentes cuando la democracia regresó, que eran académicos en ciernes y vivían lejos de su país. Estaba muy equivocado. Cuando la conversación viró hacia Chile, los dos enzarzaron en una discusión visceral, donde los héroes de uno eran los villanos del otro. Las heridas estaban abiertas y no se vislumbraban puntos medios en la discusión.

Recordé esa anécdota la semana pasada cuando veía con tristeza el debate al paramilitarismo en el Congreso colombiano-o más bien el debate a nuestro propio senador vitalicio. He tratado de consolarme pensando, como dijeron algunas de las pocas voces sensatas y serenas como la de Carlos Fernando Galán, que el debate era necesario, que duele pero el país clamaba por esa catarsis, que sacar los trapos al sol es la única forma de secarlos. También me consuela saber que los protagonistas eran la extrema izquierda y la extrema derecha que intercambiaban insultos y gritos, denuncias y con certeza calumnias y medias verdades, y que hasta hace poco esas corrientes intercambiaban balas y bombas. Pasamos del plomo al madrazo, un gran avance, el primer paso del postconflicto me dice mi ángel optimista.

 Pero aun considerando esas buenas noticias, el debate fue horroroso. Los protagonistas intercambiaban turnos en los que se aseguraban de mostrar cuán canalla y criminal es el otro. Lo más desolador es que no hay la menor fisura que permita tratar de entender a la contraparte. El mejor ejemplo es el de Paloma Valencia-por cuyos ojos sufrí durante su encendido discurso pensando que de un momento a otro saltarían de su cara y quedarían desparramados por el suelo-quien dejó claro que profesa por su líder la misma veneración, sí, veneración, que uno imagina en un subalterno de Kim Jong Un. Si el líder es un mesías, un ser (¿humano?) impoluto, un guía sin tacha ni imperfección, la contraparte será siempre una horda de herejes cuyo mejor destino sería arder en alguna hoguera ojalá alimentada por libros que el Procurador haya escogido para tal fin.

Y del otro lado de la barrera Claudia López-por cuyas cuerdas vocales también temí pues daba la impresión de que se romperían en mil pedazos y acompañarían en su destino a los ojos de su colega desgañitada-no vacilaba en vociferar que aquel mesías era tan paraco como el jefe de las Farc guerrillero. A renglón seguido hacía la única propuesta constructiva del día, la de que eventualmente habría que armar un tribunal de la verdad que permitiera esclarecer los crímenes de ambos bandos, no para juzgarlos sino para construir sobre esa verdad una generación sin odios. 

La idea me parece tan buena como ingenua. ¿Mesías y herejes sentados en el mismo tribunal? Por las recientes actuaciones de los acólitos del mesías debíamos tener claro que no aceptan los fallos de la justicia que no los favorecen (si bien esa justicia es útil para demandar a la contraparte mientras esta hace un debate contra ellos). Sobre el papel, la idea es estupenda pero luego de ver la carga de odio que se derramaba por las cámaras su implementación luce imposible.

De golpe, a la vuelta de unos meses, veamos firmado un acuerdo de paz. Es posible que vivamos la entrega de armas de la guerrilla. Quizás refrendemos los acuerdos. Pero, como aprendieron los chilenos, los odios perdurarán por generaciones y la paz no llegará con la fundición de la armas. 

Twitter: @mahofste

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