Analistas

¿Deben siempre decir la verdad?

En días pasados Xavier Sala-i-Martin entrevistó para La Vanguardia, el principal diario catalán, a Paul Krugman. La disculpa fue la publicación en castellano de la más reciente obra del célebre economista americano Acabad Ya Con Esta Crisis. El entrevistador es a su vez uno de los economistas más famosos de España, con reputación académica-profesor de la Universidad de Columbia-y cuyas ideas como las de Krugman reciben amplia difusión mediática.

La conversación resultó fascinante. Del fútbol al Euro, de los desvaríos de los economistas académicos a sus disquisiciones en los cada vez más influyentes blogs, de Alemania a Grecia, de Estados Unidos a América Latina, de la globalización a los controles de capitales; una gran variedad de tópicos con el grado apropiado de contra-preguntas. Cuatro páginas en la versión impresa y más de cuarenta preguntas representan una lección de profundidad para nuestro periodismo impreso, propenso a informes escuetos en medio de raquíticos periódicos.

En la charla Sala-i-Martin no desaprovechó la oportunidad para tocar un tema que desvela a los economistas desde que salió a la luz el documental Inside Job: los conflictos de interés, la ética, los dilemas inherentes al ejercicio de la profesión. La primera pregunta sobre el tema a Krugman: ¿Deben los economistas influyentes siempre decir la verdad? El contexto de esta es la declaración que hizo hace unas semanas el entrevistado advirtiendo de la posibilidad de que España se vea obligada a establecer un corralito, una barrera que dificulte a sus ciudadanos retirar sus recursos del sector financiero local en busca de refugios en el exterior. Al parecer las aseveraciones propiciaron justamente un incremento en los retiros bancarios.

La respuesta del indagado, algo balbuceante, termina con condicionales, con dependes, con atenuantes. Y con dudas. No podía ser de otro modo. El Yo académico reclama la verdad cruda, bien argumentada pero sin pasarla por las tijeras. A la par, el Yo periodista, el Yo bloguero, reclama prudencia; sus palabras pueden desatar un desastre que quizás sea evitable.

Pero el dilema es más complicado, no es solo una batalla entre Yos. Es posible que unas declaraciones como las que dio Krugman propicien retiradas de fondos que hagan necesarias restricciones tipo corralito que quizás, sin esas declaraciones, no hubieran sido necesarias. Pero también es posible que aun sin advertencia las medidas sean necesarias y por tanto la declaración lo que hace es dar a la gente información para que tome las medidas que crea pertinentes.

Y en medio de la tensión, del dilema sin solución simple, el Yo académico-o mejor el Yo de economista académico-recuerda entre susurros que las verdades en economía, las certezas absolutas, son con frecuencia efímeras. O peor aún en muchas dimensiones no hay certezas absolutas. Basta ver cómo en la actual crisis europea desde una orilla vociferan, con certeza absoluta, que es necesario centrar el debate alrededor de lograr más austeridad estatal. Y de la otra orilla, con la misma vehemencia, con la misma asertividad, gritan que es mejor dejar la austeridad para mejores tiempos. Y entre las dos orillas navega el barquito animado por el aliento de la barras, con su verdad y las tensiones y dilemas de la profesión a bordo.