Analistas

Ateos económicos

Guillermo Calvo, economista argentino de la Universidad de Columbia en Nueva York y uno de los 100 investigadores más citados en publicaciones académicas de todos los tiempos en ciencias económicas, visitó hace unas semanas la Universidad de los Andes. En su ponencia el profesor Calvo enfatizó una idea que ha empujado desde los años 70 y que está presente en el debate económico desde ese entonces: el rol de la credibilidad de las políticas públicas. En esta ocasión utilizó a su país natal para resaltar que la dificultad de su Banco Central para reducir la inflación por debajo de 20% está anclada en la falta de credibilidad del público en las metas del emisor. La falta de confianza en los anuncios aumenta el costo de frenar la inflación y crea distorsiones como sobreapreciaciones reales de la moneda.

Mauricio Cárdenas, ministro de Hacienda de Colombia, participó en un panel de análisis tras la conferencia de Calvo en Bogotá. Argumentó que el espacio que tienen los países emergentes-los del sur-para llevar a cabo políticas fiscales y monetarias contracíclicas efectivas (que empujen a la economía en los malos tiempos o la frenen durante exuberancias no sostenibles) también es muy pequeño por culpa de la falta de credibilidad. Por eso defendió instituciones como la regla fiscal que ayudan a ir cimentando la credibilidad en las instituciones económicas nuestras y así ir labrando una mayor efectividad de nuestras políticas.

Larry Summers, economista de la Universidad de Harvard y una de las voces más influyentes en la arquitectura económica contemporánea, argumentaba hace pocos días que el Banco Central de Estados Unidos tampoco cuenta con la credibilidad de los mercados financieros en este momento. Argüía que contrario al pronóstico de la Fed de cuatro subidas en la tasa de interés en los próximos 18 meses, el mercado cree que solo habrá dos. En el norte tampoco han terminado de inventar la confianza perpetua en los anuncios de sus instituciones.

Dani Rodrik, también economista de la Universidad de Harvard, escribió hace unos días sus reacciones a una enmienda que introdujo Brasil y que le pone coto constitucional al crecimiento del gasto público durante 10 años. Rodrik hace un paralelo entre este intento por ganar credibilidad y el de Argentina en 1991 cuando decidió que la forma de tener una política monetaria creíble era con la ley de convertibilidad que fijaba el tipo de cambio con el dólar y exigía respaldo de reservas internacionales para las emisiones monetarias. Esa amarrada de manos argentina diseñada para comprar la credibilidad de otra moneda fue efectiva para bajar la inflación durante los 90, pero sembró las semillas de su propia destrucción al apreciar su tasa de cambio real. Rodrik cree que algo similar ocurrirá con la regla brasileña para controlar el gasto. 

Al final,  la ironía de las reformas legales o constitucionales diseñadas para comprar credibilidad es que si tenemos el músculo político para escribirlas en mármol, también lo tendremos para borrarlas. 40 años después de que Calvo empezara a hablar sobre cómo la falta de credibilidad restringía la efectividad de las políticas públicas, aún no encontramos todos los ingredientes de la cambiante receta para lidiar con la racionalidad de los ateos económicos. Ni en el norte ni en el sur.