Analistas

Adiós a sus armas y sus ideas

Es bien sabido que los jóvenes salen a votar en menor proporción que los mayores. También, que distintos grupos etarios pueden tener preferencias electorales diferentes. Cuando los británicos votaron por el referendo sobre si debían o no permanecer en la Unión Europea esos dos hechos fueron determinantes. Se estima que ocho de cada diez británicos mayores de 55 años votaron; esa proporción dobla la de los jóvenes entre 18 y 24 años.  El asunto no sería relevante si no fuera porque las preferencias por grupos de edad también fueron marcadamente diferentes. Tres de cada cuatro jóvenes prefería quedarse en la Unión una proporción que casi dobla a la de los mayores. El resultado lo conocemos todos: por un estrecho margen ganó el Brexit.

En Colombia la más reciente encuesta de Ipsos estima que mientras casi dos terceras partes de los mayores de 55 años votarán en el plebiscito del domingo, solo el 47% de los jóvenes entre 18 y 25 años lo hará. El cambio demográfico acentúa la relevancia de estos números. Cuando nacieron las Farc había tantos colombianos entre 20 y 24 años como mayores de 55. Hoy en día hay dos colombianos mayores de 55 por cada joven entre 20 y 24. 

¿Y cómo votarán? La misma encuesta nos dice que tanto jóvenes como mayores prefieren el SÍ. Pero hay diferencias importantes al desagregar esa preferencia por edades. Entre los mayores de 55, ocho de cada diez están con el SÍ; entre los jóvenes solo el 54%. Una abultada victoria del SÍ estará empujada por las preferencias electorales y la participación de los mayores.

¿Por qué los jóvenes no están tan inclinados a votar afirmativamente el plebiscito como la generación mayor? Con el Brexit, algunos han avanzado la hipótesis de que los jóvenes son los que más beneficios obtuvieron de la integración comercial, financiera y de migración, mientras que la población mayor recibió los golpes de la misma. El paralelo de esa hipótesis aplicada al caso colombiano tendría al menos dos aristas. Una, que a los jóvenes no les tocó la parte álgida del conflicto y por tanto ponderan con menos fuerza que los mayores los beneficios del silenciamiento de los fusiles. Por ejemplo, la tasa de homicidios durante la última década ha caído a la mitad y la de secuestros a menos de la décima parte. En relación a los mayores, los jóvenes pueden sentir que los costos del conflicto son pequeños y por tanto ven más grandes los sapos del acuerdo. 

Una segunda hipótesis tiene que ver con los vínculos de los jóvenes con el campo-el principal afectado por el conflicto. Cuando las Farc nacieron, la mitad de la población colombiana vivía en áreas rurales; ahora solo la cuarta parte lo hace. 

La encuesta de Ipsos muestra que el apoyo de la población rural al SÍ es 12 puntos más alto que el urbano. Al tener menos vínculos rurales que sus padres, los jóvenes podrían estar menos dispuestos a los sacrificios necesarios para terminar con la presencia de la última guerrilla campesina del hemisferio occidental. 

En cualquier caso, de cara al futuro político de la guerrilla estos números son malas noticias. Entre los colombianos que los vimos en vivo durante su máximo esplendor violento muchos estamos dispuestos a perdonarlos pero muy pocos a votarlos.  La encuesta sugiere que entre los jóvenes ni siquiera lo primero lo tienen ganado. Votar SÍ puede ser, por tanto, el adiós definitivo a las Farc: a sus armas y a sus ideas.