Analistas

32 horas

La línea recta que une a Ibagué con Armenia apenas supera los 50 kliómetros. La ruta que las une tiene 90 que serpentean montaña arriba y abajo por una carretera de un carril coronado por el Alto de la Línea, y que son esenciales para ir de Bogotá al occidente del país incluyendo Buenaventura, nuestro principal puerto. Recorrer el tramo me tomó en días recientes 32 horas. Fue una cruzada por las esperanzas y frustraciones del país, un viaje con visos del que hizo Humbolt hace dos siglos pero también con trazos del que espero hagan si no mis hijos, al menos mis nietos.

La línea recta que une a Ibagué con Armenia apenas supera los 50 kliómetros. La ruta que las une tiene 90 que serpentean montaña arriba y abajo por una carretera de un carril coronado por el Alto de la Línea, y que son esenciales para ir de Bogotá al occidente del país incluyendo Buenaventura, nuestro principal puerto. Recorrer el tramo me tomó en días recientes 32 horas. Fue una cruzada por las esperanzas y frustraciones del país, un viaje con visos del que hizo Humbolt hace dos siglos pero también con trazos del que espero hagan si no mis hijos, al menos mis nietos.

Antes de llegar a Ibagué me entusiasmo. Encuentro largos trechos de doble calzada señalizados como si ya estuviéramos en la Ocde. Tras pasar Ibagué los rostros se ensombrecen un poco. Se acaba la doble calzada y empieza a serpentear la carretera. Veo niños pidiendo limosna y soldados con el pulgar entablillado saludando conductores. Tras aguantar varios kilómetros detrás de una tractomula aparece una recta que permite adelantar pero está tapizada de conos puestos por los militares, como si quisieran asegurarse de que todos vayamos lento para responder su saludo. Y luego aparecen en Cajamarca los cambuches militares con fusiles atentos que nos recuerdan el país que fuimos hasta hace poco.

Subo maravillado como la primera vez por los paisajes y veo enormes viaductos que lucen terminados pero no están en servicio. Desde abajo sus columnas recuerdan las patas de gigantes elefantes blancos. Si en Brasil protestan por la construcción de estadios, aquí debíamos hacerlo por la de las pistas de bungee jumping más caras de la historia. 

Faltando un par de kilómetros para el premio de montaña el tráfico se detiene del todo. Tres horas más tarde la línea #767 sigue diciendo que quizás sea un varado o tal vez un pinchado. Echo mano, muy a la colombiana, de una palanca bien conectada quién en un par de minutos me informa que hay un derrumbe. Minutos después la fuente agrega que los técnicos calculan que tardarán 4 horas en despejarlo. Mientras hago estas averiguaciones noto que todavía quedan conductores sin inteligencia vial. Uno tras otro empiezan a armar una segunda fila ocupando el carril de bajada. Sueño con una patrulla de policía poniendo multas, pero esta nunca llega. 

Usando la berma que no han ocupado los desnueronados, me devuelvo. Llegando al peaje de Cajamarca encuentro otro monumental trancón. Inicialmente creí que eran más brutos viales que estaban bloqueando el carril de bajada.  Pero no. Como no habíamos podido pasar el Alto, los conductores no querían volver a pagar peaje. Los funcionarios decidieron recoger pruebas sobre qué vehículos dejaban pasar. Así, uno paraba cada carro mientras otro se hincaba con una cámara y fotografiaba su placa. Macondiando. Me imagino que el procedimiento es crucial para evitar la destitución de los funcionarios el día en que un organismo de control decida que habernos dejado pasar constituye un detrimento patrimonial y no un acto de sentido común. 

Al día siguiente la vía sigue cerrada. No hay ya derrumbe, pero sí dos mulas varadas. Sí, el corredor vial más importante del país puede quedar totalmente bloqueado si dos camiones se varan en mal sitio. Un par de horas más tarde anuncian que los varados han sido retirados. Reinicio el viaje. De nuevo, llegando a la cima nos detenemos del todo. “Nuevos derrumbes” anuncia el #767, esta vez en tiempo real. El país tiene esperanza; no hubo brutos viales armando una doble fila. Cuatro horas más tarde logramos pasar la cima. 

Empiezan los cafetales del Quindío y las imponentes plataneras. No entiendo cómo se nos ocurrió sembrar en pendientes que son más debarrancaderos que parcelas. Mientras pasan cafetales y más cafetales no puedo dejar de pensar en el billón de pesos que el año pasado nos gastamos subsidiándolos, el billón de este año y cuán mejor invertidos hubieran estado esos recursos en construir una carretera para que no sigamos repitiendo la frase de Humbolt: “Sufrimos mucho en nuestro recorrido por las montañas del Quindío”.

Twitter: @mahofste