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También lo digo en chino

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China, con el progreso que ha generado desde su apertura económica de los últimos cuarenta años, ha logrado que muchos países desarrollados se asimilen a países del pasado. Ciudades como Shanghai, Pekín o Shenzen cuentan con una infraestructura pública sin igual, en vías, transporte público, escuelas y hospitales. El dinero generado por el “hecho en China”, a pesar de que pasa por el bolsillo de sus empresarios, se esparce por la población que mejora su nivel de vida y sus oportunidades de ser exitoso en la sociedad.

El sistema chino de gobierno es sui generis en el mundo. A pesar de que el siempre presente Partido Comunista mantiene aferradas las riendas del poder político, hace cuarenta años el presidente Deng Xao Ping inició un proceso de apertura al mercado que fue extremadamente exitoso. Hoy, en Pekín, hay largas colas de jóvenes comprando iPhones o computadores de las tiendas de Apple. En tan sólo cuatro décadas, China ha experimentado un cambio incomparable, que ha permitido sacar a la población de 15 Colombias o 740 millones de personas, de la pobreza.

Deng impulsó una serie de reformas económicas ratificadas por el Comité Central del Partido en 1978, centradas en la liberalización del sector privado, la modernización de la industria y la apertura al comercio exterior. El desarrollo económico generó inicialmente gran desigualdad social. Su coeficiente de Gini alcanzó un valor similar al de Colombia de 53,3 puntos en 2010 y ha caído a menos 46 puntos de 2018. Resulta interesante que la desigualdad se esté reduciendo ahora que en el mundo la tendencia apunta en el otro sentido.

Como explicado por Simon Kuznets, Nobel de Economía de 1971, el desarrollo generado por los empresarios en una revolución industrial implica que se les remunere ampliamente por sus esfuerzos. A medida que la población va adquiriendo las habilidades para participar en el proceso productivo, la desigualdad se reduce con el incremento salarial a la clase trabajadora. Los impuestos generados permiten inversiones públicas en infraestructura en el campo, que a su vez incrementan su actividad económica y bienestar para la población rural.

Colombia puede seguir el mismo camino al apoyar de manera decisiva a su clase empresarial. A la larga, poco importa que algunos se enriquezcan por medio de sus iniciativas, ya que ese valor termina siendo repartido al pueblo en el mediano plazo. Igual, el capital necesario para el desarrollo no va a llegar si no tiene expectativas de retorno atractivas y, si no llega, como hoy en Colombia, no hay desarrollo.

Es urgente abandonar el discurso de lucha de clases y la satanización del sector empresarial. Con él, los capitales orientan sus esfuerzos a otras latitudes dejando a los colombianos desfavorecidos viendo un chispero. En vez de castigar a los empresarios socialmente por ser “ricos”, hay que acogerlos y consentirlos. Los políticos chinos, independientemente de su récord en libertades democráticas, supieron apoyar a su sector empresarial como catalizador de riqueza, con el éxito mencionado. Si la clase política colombiana, que nos ha inducido al discurso de odio al empresario, con la finalidad de capturar votos de incautos, lo entendiera, le haría un gran favor al país.

Nota: no me queda la menor duda que el apoyo de China a Maduro pasa por recuperar el dinero que le han prestado y no por lo político.

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