Analistas

Los problemitas del ser humano

El mundo ha estado menos convulsionado en los últimos años que en el siglo pasado. La primera y segunda guerra mundial, la guerra fría, los conflictos de Vietnam, Corea, la antigua Yugoslavia y Afganistán, sumados a los autoritarios regímenes comunistas y los dictatoriales de derecha, hicieron del mundo un hogar inseguro para sus habitantes. En este siglo, a pesar de las guerras de Irak y Siria, el hombre ha actuado más civilizadamente.

Este último año, varios eventos nos han puesto los pelos de punta. La dificultad para terminar conflictos como el colombiano y la polarización que ha generado entre su población cual tipo de negociación se debe adoptar para acabarlo, la dictadura criminal de Maduro en Venezuela, que pinta para guerra civil, y la candidatura al puesto de mayor poder en el mundo de un personaje retador de la clase política tradicional con modales y postura lejana a la arraigada “corrección política” americana, como Donald Trump, son los temas que ocupan los titulares en la prensa de hoy.

Además de las pugnas de poder entre los humanos, han sido de preocupación temas de alcance económico como el Brexit o la desaceleración económica mundial, así como la concentración de la riqueza en cada vez un menor porcentaje o el envejecimiento de la población, generando más incertidumbre en los terrícolas. La perspectiva de menor comodidad o la injusticia en la repartición del bienestar son aspectos serios que los economistas nos impiden desestimar por medio de advertencias que nos preocupan y nos invitan a actuar.

Sin embargo, todos estos temas de importancia tan extrema a nuestros ojos, son menores cuando se comparan a nuestro comportamiento colectivo autodestructivo como especie. Nuestra curva de crecimiento poblacional exponencial es similar a la de la plaga de langostas que periódicamente aparecen en África y se autodestruyen tras arrasar con todo material orgánico que aparece en su camino, pero con una escala de tiempo más extendida. Como las langostas, estamos arrasando con nuestro entorno, no solo acabando con nuestros bosques nativos sino también con nuestra fauna, que ha disminuido en más de 30% desde los 1970, según una investigación recientemente publicada. 

Para peor de colmos, en una actitud que se mantiene baja en las preocupaciones del público a pesar de su seriedad, nuestro comportamiento reciente como especie ha calentado el planeta, liberando grandes cantidades de dióxido de carbono ante la descongelación de las tundras asiáticas y canadienses y alterando significativamente la capacidad de los bosques para procesarlo.

Parte de los problemas que hemos generado a nuestro entorno físico, animal y vegetal se deben a la industrialización que ha facilitado la vida del ser humano. Sin embargo, en gran medida, las alteraciones de nuestro entorno están ligadas al crecimiento de nuestra población que genera cada vez más necesidad de alimentos, espacio físico y energía que alteran de manera irreversible el futuro de nuestra especie. Solamente rompiendo paradigmas profundamente arraigados en los seres humanos, como la libertad a tener el número de hijos que queramos, lograremos limitar nuestro impacto en nuestro entorno para bien de las futuras generaciones. Desafortunadamente los problemas de puja de poder y los de índole económica nos impidan identificar los temas importantes y dificulten implementar políticas globales que garanticen un entorno sano para nuestros hijos.