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Hacia un mundo con restricciones

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Hasta hace poco entre los economistas, analistas y gobernantes del mundo ha existido el consenso de medir el desempeño de las naciones con indicadores como el crecimiento del PIB, la tasa de desempleo, el déficit fiscal, la inflación y las exportaciones. Esta costumbre, en la cual se busca que la economía crezca año a año, que la mayoría de la gente tenga una ocupación y que estos resultados no sean de corto plazo está basada en una visión del mundo que poco a poco ha  sido puesta en entredicho.

Sin embargo, los resultados de los gobiernos de turno se siguen midiendo con estas variables y el crecimiento de la economía sigue siendo el indicador que refleja la evolución promedio del bienestar económico de la población en diarios y foros. El supuesto sigue siendo que un crecimiento sostenido de la economía es deseable porque permite aumentar el bienestar de las personas ya que entre más y mejores bienes y servicios se generen, más trabajo y riqueza habrá para distribuir entre la población.

Recientemente, algunos de los economistas de moda como Piketty han causado furor enfocándose en la redistribución del ingreso, alejándose un poco de la omnipresente visión del crecimiento económico, pero siempre dentro de una Weltanschauung – visión del mundo – sin  restricciones, en el cual nada le compite a la importancia del crecimiento.

Con la población acercándose a 7 billones de habitantes, los dilemas mundiales han ido evolucionando por la aparición de restricciones al desarrollo que hacen que ya no solo importe cuánto se crece sino cómo se crece. Ya nos debemos preguntar como humanidad si justifica crecer contaminando (y si no pregúntenle a los habitantes de Beijing) o incrementando la temperatura de nuestro planeta. 

La ciencia y la tecnología han hecho que en los últimos cien años la población mundial se haya multiplicado por cuatro mientras que recursos como el agua potable, el aire y los recursos naturales y la capacidad del planeta de absorber el crecimiento sigue siendo similares. Lo preocupante es que, con el desarrollo tecnológico exponencial que estamos viviendo, terminemos con mayor poder adquisitivo pero con menos bienestar por el deterioro de nuestro entorno.

Si bien desde hace varios años las iniciativas de los ambientalistas y de activistas preocupados por el calentamiento global como Al Gore han hecho visibles estos fenómenos a gran parte de la población mundial se ha avanzado muy poco en la solución definitiva a estos dilemas, por falta de un marco conceptual ajustado a las nuevas realidades que enfrentamos por primera vez en la historia. La carrera de la humanidad hacia un mayor bienestar ya no puede ser una carrera en la que tenemos que lograr la mayor aceleración posible sino que tenemos que pensar en cómo mejorar nuestro bienestar sin acabar con el carro que nos transporta.

Los grandes cambios conceptuales como la abolición de los regímenes monárquicos, la esclavitud y el oscurantismo de la edad media no fueron procesos expeditos ni pacíficos debido a los intereses opuestos que generaron en su momento. Las guerras que generaron estos cambios duraron por siglos y estos fenómenos siguen agobiando al mundo en menor escala. Por lo tanto implementar los cambios necesarios para pensar en un mundo con restricciones al crecimiento que nos lleve a la sostenibilidad solo será posible si la humanidad es capaz de absorber masivamente una nueva manera de ver el mundo que aún no se ha empezado a definir.
 

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