Analistas

El restructurador

Con seguridad recuerdan la siguiente escena sacada de las películas de Hollywood. Un maligno banquero de inversión compra una compañía y, dada su baja rentabilidad, cierra la planta manufacturera de la cual vive gran parte de la clase trabajadora de un pueblo. Los pobres empleados quedan en riesgo de no poder pagar las hipotecas de sus viviendas y algunos de ellos, debido al fuerte trajín de tener que trabajar por años, se encuentran en una precaria condición de salud que se empeora por el estrés de la situación.

Finalmente, un trabajador con una complicada situación familiar lidera la comunidad y convence a los banqueros de no cerrar la planta. Los trabajadores vuelven a sus hogares salvando su trabajo y el líder de la comunidad arregla su situación familiar en un final feliz. Al fin y al cabo, es una película.

No son pocos los casos en la vida real en que, a raíz de cambios en el mercado, las compañías o alguna de sus líneas de negocio pierden competitividad y deben reestructurarse. Lo han vivido compañías tan emblemáticas como Nokia, aerolíneas como Eastern Airlines y Aces y, bancos como el Citigroup. Por lo general, a pesar de que los empleados no son los directamente responsables de las crisis de las empresas, poco colaboran con el fin de hacer la empresa viable financieramente. Como en el caso de Avianca, cuando a principios de siglo estuvo en dificultades financieras dada su alta carga laboral, pocos pilotos sacrificaron sus beneficios para coadyuvar a la sostenibilidad de la compañía.

Sin embargo, quienes tienen mayor responsabilidad en el caso de las reestructuraciones empresariales son los directivos de las empresas que, por errores de estrategia o de ejecución, no logran encaminar las empresas a la competitividad. Es también muy común que exista conflictos de agencia, en los cuales los administradores de la compañía ponen por encima su beneficio personal a su rentabilidad, prioridad para sus accionistas. Por esto, en muchos casos, estos terminan siendo reemplazados por un banquero de inversión o “restructurador”, que hace cambios radicales en la estructura de la compañía con el fin de darle viabilidad.

No pocos consideran que Colombia como país se asemeja a una empresa que, dado el desempeño de sus administradores, ha perdido competitividad. El índice de productividad del país ha venido desmejorándose, su endeudamiento se ha incrementado escandalosamente, su producto interno bruto por habitante viene cayendo y los conflictos de agencia entre su administrador, la clase política, y sus constituyentes, los colombianos, vienen en franco incremento.

Los escándalos de corrupción, la compra de votos, la aprobación de legislación que beneficia a unos pocos sobre el bien general, y, sobre todo, la incompetencia de la clase política en orientar el país hacia una senda en que sus habitantes tengan una mejor vida hace necesario que las riendas del país se le encomienden a un “restructurador”. No importa si este “restructurador” es de izquierda o de derecha, el país necesita un presidente que sea capaz de encaminar a Colombia hacia la sostenibilidad y la generación de valor, que enfrente de frente a la clase política que sobrepone sus intereses a los de sus constituyentes, no a punto de gritos, doctora Claudia, sino a punto de una administración seria, rigurosa y enfocada. En los próximos meses se sabrá quién se acopla a este perfil.