Analistas

El ocaso de la democracia

La democracia participativa está de luto. En Inglaterra el pueblo votó a favor de la salida de su país de la Unión Europea, el Brexit, una decisión que generó una devaluación de 10% de la libra esterlina frente al dólar y hundió a las bolsas mundiales en territorio negativo. El constituyente primario inglés decidió, por un margen estrecho, desconocer las recomendaciones de su gobierno, 70% de los miembros de la cámara de los lores y la gran mayoría de los expertos económicos, de continuar la integración que ha demostrado ser motor de crecimiento económico en la era moderna. 

Mientras tanto en Estados Unidos, el candidato a la presidencia Donald Trump logra posicionarse como una alternativa real al cargo de mayor poder en el mundo, a pesar de la oposición de la clase dirigente y hasta la de su propio partido político. El discurso de Trump, en un lenguaje ajeno al lenguaje político y sus códigos de comportamiento como el “political correctness”, ha tocado la fibra de un grupo no despreciable de norteamericanos que estima que Estados Unidos ha ido perdiendo su liderazgo en el mundo. 

A diferencia de las elecciones estadounidenses y el referendo del Brexit en Inglaterra, el proceso de paz colombiano ha sido apoyado por gran parte de la clase dirigente del país, al punto que las ramas del poder han estirado la institucionalidad constitucional modificando el umbral del referendo e incorporando los acuerdos de paz a la constitución por medio de un acuerdo especial de Naciones Unidas, entre otras. Pareciera que hoy, el pueblo colombiano en su anhelo de paz de más de 50 años, está dispuesto a aprobar los acuerdos de paz con las Farc, independientemente de que la popularidad del presidente que los negoció esté en el 21%. 

El hecho sobresaliente es que tanto en Inglaterra como en Estados Unidos el pueblo ya no cree en las posturas de la clase dirigente que elige. Aparentemente el pueblo considera mayoritariamente que una vez elegida en los altos cargos de gobierno, la clase política ignora las necesidades de sus electores, respondiendo prioritariamente a sus intereses particulares de mantenerse en el poder o beneficiándose por medio de actos de corrupción. La división política ya no está en la izquierda y la derecha, sino entre los que ostentan el poder y aquellos que no. 

Esta división ha hecho que en Europa surjan movimientos políticos como Podemos o Indignados que, independientemente de su orientación de derecha o izquierda, rechazan a la clase dirigente elegida democráticamente y al sistema democrático como tal. La crisis económica española, provocada no por el español del común sino por sus líderes, ha despertado un escepticismo generalizado con la clase dirigente que demanda romper con los paradigmas de la democracia participativa. 

En Colombia, a pesar de que el pueblo respalda acabar con un conflicto de más de cincuenta años, el proceso de paz no ha hecho que los electores aprueben la gestión del gobierno. El proceso de negociación con las Farc, con su mermelada para alinear al legislativo y sus procesos de validación constitucional han hecho que, tal como sucede en Estados Unidos o Inglaterra, muchos colombianos pongan el proceso democrático en la palestra. En la medida en la clase dirigente no se renueve y responda con transparencia a las necesidades de sus electores será difícil mantener la credibilidad del pueblo en la democracia participativa. Venezuela es un ejemplo de este posible escenario.