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El economista que no cree en economistas

El recientemente nombrado economista en jefe del Banco Mundial, Paul Romer, argumenta que nunca pretendió insultar la ciencia de la macroeconomía como una actividad que deja poco al sentido común por su orientación teórica basada en modelos matemáticos. Sin embargo, dado que la reputación de los economistas no viene bien últimamente en un entorno en el que las revueltas contra el establecimiento estallan cada vez más frecuentemente, sus palabras cayeron como bombas entre sus colegas.

Hay que aceptar que recientemente la macroeconomía no ha sido de gran utilidad ni para predecir los problemas ni para solucionarlos.  Pocos economistas vieron venir la caída en el crecimiento de la economía mundial, la caída dramática en los precios del petróleo y los demás bienes básicos y, hoy en día como grupo, no tienen una postura que permita sacar del atolladero a la economía mundial y ponerla al nivel de expectativas de la población. 

Según Romer, el problema de sus colegas no está en sus falencias sino en algo más grave y más profundo: su “Weltanschauung” o manera de ver el mundo. Muchos de los economistas se han enfocado en construir modelos matemáticos que a pesar de su sofisticación requieren de muchos supuestos discutibles para que funcionen. Por ejemplo, los economistas asumen que el comportamiento de las personas es racional y de lógica simple, que no son capaces de predecir las consecuencias de las políticas estatales y por lo tanto de amoldar su comportamiento.

Los economistas de hoy hacen supuestos que desconocen realidades que se han observado sin derecho a duda en la práctica. Gran parte de los modelos económicos que utilizan hoy en día los bancos centrales y gobiernos para la toma de decisiones están basados en los mismos mercados eficientes que demostraron ser inoperantes en la crisis hipotecaria americana que obligó al gobierno a extender al sistema financiero más de 70 mil millones de dólares de dinero de los contribuyentes para evitar su quiebra. En otras palabras, la acusación de Romer al gremio de economistas es que, con sus métodos, son incapaces de leer las realidades de hoy.

Una de las consecuencias de las aseveraciones de Romer es que los gobiernos tienen dificultades para diagnosticar y solucionar los problemas económicos que surgen. La intervención estatal no solo es, según su concepto, inoperante a nivel de la ejecución de las estrategias, sino a nivel del diagnóstico de las situaciones.

Romer ha sido criticado por sus colegas por no plantear nuevas formas de enfocar la macroeconomía. Si bien esto puede hacer de las ciencias económicas una actividad en la cual los modelos matemáticos pierden fuerza y por lo tanto se sacrifica rigor en la toma de decisiones, Romer plantea que los desaciertos actuales de la ciencia serían menos graves con una nueva visión. La pérdida de rigor propuesta por Romer, por otro lado, puede generar una peligrosa subjetividad en las políticas públicas.

Será muy interesante observar el desempeño de Romer en un organismo multilateral como el Banco Mundial que se especializa en exigir políticas de manejo fiscal y monetario a los países. El tiempo y sus actuaciones nos permitirán concluir muy seguramente que su postura, le dio, antes de todo, el derecho a que los políticos lo eligieran como economista jefe del Banco Mundial. De pronto el problema no es de los economistas que corren modelos matemáticos, sino de una sociedad que no los escucha como se debe.