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Analistas 30/09/2020

Salgamos corriendo

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Desde hace varios años la derecha colombiana nos viene anunciando que el país está en grave riesgo de caer en el castrochavismo y que el proceso de paz “Farc-Santos” no es más que la hoja de ruta para imponer el socialismo del siglo XXI en Colombia. Este argumento les fue muy útil para ganar el plebiscito de 2016 y, en las elecciones presidenciales de 2018, la presencia de Gustavo Petro en la segunda vuelta fue determinante para el triunfo del actual mandatario.

En estos momentos, con la nueva elección acercándose y con un país convulsionado por marchas, pandemia, crisis económica, violencia y con Petro desquiciado, la derecha ha decidido revivir el coco del castrochavismo para reanimar a sus huestes. Sin embargo, esta vez el tiro les puede salir por la culata. Como bien saben los psicólogos las profecías tienen el mal hábito de auto cumplirse (“si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales” establece el llamado Teorema de Thomas).

La angustia que se siente en el país en estos momentos puede que movilice a las tropas electorales de la derecha -al fin y cabo, la gente vota más por miedo que por esperanza- pero también esta alimentando una situación de desazón entre empresarios e inversionistas nunca antes vista, ni siquiera en los momentos más difíciles del narco terrorismo, del proceso 8.000 o de la crisis de finales del siglo.

No solo se ha frenado la inversión en nuevos proyectos, sino que los empresarios están buscando la oportunidad de trasladar recursos hacía el exterior, temerosos de una pérdida de valor de sus activos, no solo por la amenaza de un resultado electoral adverso, sino por iniciativas gubernamentales tan inconvenientes como el borrador de nuevo código civil que pone en duda los derechos de propiedad (¡algo que las Farc nunca se atrevieron a proponer en La Habana!).

Esto es lo que explica una devaluación del peso colombiano de casi 25% tan solo en lo que va corrido de 2020. Y también explica los letreros de “Se Vende” en edificios, casas y empresas en todas las ciudades de Colombia. Lo cual es una inmensa paradoja porque el huevito de la confianza inversionista no se agrietó durante el gobierno Santos y su proceso de paz (durante el cual hubo inversión local y extranjera en montos nunca antes vistos) sino en los últimos tiempos.

La manera de evitar un resquebrajamiento peor no es conduciendo a toda velocidad con el espejo retrovisor sino mirando hacía adelante para identificar los obstáculos -propios y ajenos- que hay en la carretera. Justificar la actual crisis en las falencias de la paz, como en la ausencia crónica del estado en las zonas de conflicto o el crecimiento de los cultivos ilícitos, no sirve para motivar a los empresarios a que inviertan en infraestructura y servicios ni a los bancos a que presten plata. Sirve para ponerlos nerviosos y para que, discretamente, mientras asisten a los cocteles en Palacio vayan liquidando sus inversiones y sacando su poco a poco su dinero del país.

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