Analistas

Los mitos de la desigualdad

GUARDAR

Luis Guillermo Vélez Cabrera - lgvelezcabrera@gmail.com

La semana pasada la película Parásitos barrió en la ceremonia de los Óscar, llevándose las estatuillas más importantes y haciendo historia al ser la primera película extranjera premiada como mejor película del año. No hay duda que su temática -que se centra en las necesidades de unos y en la opulencia de otros, mientras todos conviven en una misma casa- puso el dedo en la llaga: la creciente desigualdad generada por un sistema económico que parece crear riquezas para una parte de la sociedad mientras mantiene a muchos marginados, en el borde de la desesperación y la pobreza.

Digo que parece porque el debate sobre la desigualdad es uno de humo y espejos, un acto de prestidigitación donde es fácil engañar a los espectadores. Para empezar, como lo explicó el filósofo de la Universidad de Princeton, Harry Frankfurt (On Inequality, 2015), la desigualdad no es mala como tal, ni la igualdad es buena como tal, o, dicho de otra forma, ambas son moralmente neutrales. La razón es muy simple: los pobres sufren, no porque unos tengan mucho más que ellos, sino porque ellos, los pobres, no tienen lo suficiente y, si todos tuvieran lo mismo, o sea, fueran iguales, todos podrían ser igualmente pobres.

La prueba empírica de que lo anterior es cierto son los países nórdicos, donde hay casi tantos billonarios como en Latinoamérica, pero la población en general goza de suficientes recursos para mantener un estándar de vida adecuado, mientras que, en paraísos socialistas, como Cuba o la Venezuela, se ha logrado avanzar en igualdad empobreciendo de manera sistemática y generalizada a toda la sociedad.

Esto se aprecia mejor a través de mal entendido coeficiente de Gini, donde los países del África subsahariana tienen mejores indicadores que países como Colombia y Brasil: no es que estos primeros sean más prósperos y justos que los segundos, sino que, simplemente, tienen una población igualitariamente pobre.

Según lo anterior, si lograr la igualdad no es un objetivo per se de la sociedad, entonces, ¿nos debe importar? La respuesta es sí, por dos razones. Una porque resulta inaceptable que en un país muchos no tengan lo suficiente para vivir dignamente y otros tengan en exceso. Es imperativo aliviar la situación de los más pobres garantizando que tengan mecanismos para solucionar sus necesidades básicas, es decir que tengan suficiente. La otra porque la disparidad entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco o nada necesariamente distorsiona el sistema político, haciendo que se incline a favor de grupos particulares de pudientes o de excluidos y en contra del interés general.

Parásitos es una película impactante no porque cuestione la desigualdad imperante, sino porque cuestiona la indiferencia. La mayoría de la gente intuye que las utopías igualitarias empiezan con escasez de papel higiénico y acaban en hambruna. No quiere esto decir que la sociedad -y los gobernantes responsables- continúen siendo indiferentes con el sufrimiento real de aquellos que hasta ahora hemos olvidado.

Más columnas de este autor
LA REPÚBLICA +

Registrándose puede personalizar sus contenidos, administrar sus temas de interés, programar sus notificaciones y acceder a la portada en la versión digital.

GUARDAR
MÁS LR

Agregue a sus temas de interés

MÁS LR

Agregue a sus temas de interés