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Analistas 08/09/2021

La historia del hipopótamo

Hace algo más de 10 años uno de los hipopótamos de Pablo Escobar, que la prensa llamaría Pepe, fue descastado por orden de la autoridad ambiental porque se había escapado de los terrenos de la hacienda Nápoles.

Aunque en acto se llevó a cabo con todo el rigor jurídico y técnico, las cosas dieron un giro inesperado cuando una revista publicó las fotos del hipopótamo con un tiro en el corazón y con media docena de los soldados que habían participado en la gestión sonriendo junto al trofeo.

La indignación fue total. Los medios capitalinos irrumpieron en ira. Insultaron al ministro de medio ambiente, crucificaron al director de la autoridad ambiental y publicaron sendas opiniones donde atribuían el “asesinato” de Pepe a la tradicional indolencia del estado colombiano. El alcalde de Pereira ofreció su zoológico para refugiar a Matilda, “la pareja de hecho” del difunto Pepe y una importante empresa cervecera bajo administración sudafricana ofreció el envío de expertos para determinar cómo se debía solucionar el problema.

Poco después del suceso hubo cambio de Gobierno y el tema fue olvidado. El ministro se fue a Washington a trabajar con un ente multilateral, el alcalde de Pereira incumplió sus promesas y los expertos sudafricanos concluyeron que la solución era eliminar a todos los hipopótamos sobrevivientes porque constituían un peligro para la fauna autóctona y para los habitantes de la región.

Este informe políticamente incorrecto, pero ecológicamente exacto, fue desconocido y los hipopótamos siguieron reproduciéndose hasta que su presencia fue tan disruptora que ya no se podían ignorar. Cuando los continuados reportes de ataques a pescadores y bañistas dejaban claro que una tragedia era inminente la autoridad ambiental -casi una década después de los hechos originales- se vio obligada a actuar.

Nuevos estudios indicaban que la población era ahora de ochenta individuos ante lo cual la recomendación seguía siendo la misma, pero con mayor urgencia: descastar a la manada completa. Esta amarga solución, sin embargo, fue trastocada por un quimérico esfuerzo para esterilizar a los machos, absurdamente costoso y peligroso, tanto así que la concejal Andrea Padilla, la mas notoria animalista del país, se vio obligada a aceptar “que habrá que matar algunos” para resolver esta catástrofe ambiental auto infligida.

La historia del hipopótamo Pepe vale la pena porque ilustra a la perfección la dificultad para implementar políticas públicas en Colombia. Las soluciones a los problemas no se derivan del análisis racional sino de la satisfacción de los sentimientos de la masa previamente exacerbados por la prensa. Los políticos se aprovechan de estas emociones para extraer réditos personales sin importar las consecuencias futuras de sus actos. La gente, por su parte, acepta el placebo para evitar una medicina desagradable. El problema no se soluciona, sino que se pospone y, en consecuencia, se agrava. Lo único cierto es que, al final, como dice el cuento, cuando despertemos, los hipopótamos seguirán allí.