La alcaldesa de Bogotá lo dijo en un importante artículo en la edición especial de The Economist sobre las perspectivas de 2021: ahora tendremos que derrotar la segunda pandemia, la del populismo, la que acecha sobre la frustración de la gente. El populismo de la izquierda, “que es capaz de hacer cenizas” nuestra democracia o el de derecha que es capaz de acabar con las altas cortes y prohibir las protestas.

Tiene toda la razón, el reto en los próximos años será la contención de los extremos, que se necesitan y se refuerzan. El petrismo y el uribismo son polos opuestos que, como el ying y el yang, se repelen y se complementan a la vez.
Esta tarea no será fácil, como lo demuestra la misma gestión de la alcaldesa.

Independientemente de sus descaches esporádicos (salir al súper con la pareja en cuarentena, improvisar ciclorrutas y descarrilar la Alo) y de las peleas innecesarias con el gobierno nacional en plena crisis sanitaria, Claudia López ha demostrado que puede hacer una alcaldía verdaderamente progresista sin caer en los extremos.

Además -y esto es muy importante- su historia personal refleja el Colombian dream: una persona de clase media, ajena a las élites tradicionales, quien a punta de esfuerzo y educación logra abrirse paso al segundo cargo más importante del país. Y no solo eso, la lucha por trascender las barreras sociales, en su caso personal, se hizo más difícil por su género y preferencia sexual. Una mujer de la comunidad Lgtbi como alcaldesa de Bogotá hubiera sido impensable hace algunos años.

El éxito de Claudia resulta inaceptable para los extremos porque niega sus premisas fundamentales.

Los Petros de este país no están interesados en construir sobre lo construido, ni en cerrar brechas sociales, ni en hacer una ciudad más justa y tolerante para todos. Buscan lo contrario: exacerbar las diferencias, explotar el resentimiento y destruir lo edificado. Como lo demuestra el trillado pero necesario ejemplo de Venezuela, el populismo de izquierda es una fórmula de alquimia que convierte las frustraciones populares en oro para quienes las promueven.

Los derechistas de este mundo, por su parte, tampoco están interesados en la armonía social, ni en el desarrollo, ni en la libertad económica o individual, como pregonan. Viven añorando un pasado bucólico que nunca existió, donde siempre había una rígida pero fraternal figura paterna para mostrar el camino y conservar las cosas en su “estado natural”. Con el escudo de la reacción a los excesos del progresismo -que los hay, y muchos- la derecha tiene el pretexto para defender privilegios inaceptables, reprimir las libertades personales y momificar la estructura social.

El populismo de izquierda y de derecha es el verdadero enemigo. Como lo ha demostrado Claudia en su primer año de mandato, gobernar en contra de los extremos es difícil. Ambos están condicionados para destruir lo que se interponga entre ellos y su respectivo y antagónico alter ego. Sin embargo, es el camino: seguir por la línea del medio es la única forma de avanzar.