Cuando esta columna se publique ya habrá un nuevo presidente de los Estados Unidos…o ¿quién sabe? De pronto no. El martes habrá concluido, eso sí, una de las campañas más divisivas y extrañas de la historia.

El presidente Trump, el campeón mundial de la manipulación y la mentira, así pierda, habrá demostrado que la capacidad de decepción de los seres humanos es ilimitada: solo basta una persona desprovista completamente de escrúpulos para hacernos creer cualquier cosa.

Fue lo que pasó en Colombia con la campaña del plebiscito, donde las mentiras triunfaron. Lo sabemos porque los ganadores, en un raro acto de sinceridad, confesaron. “Estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca”, dijo el gerente de la campaña del No en una entrevista en este mismo diario. La idea era indignar a la población para lo cual era necesario “dejar de explicar los acuerdos” y centrar el mensaje en la rabia.

A los ricos les dijeron que los acuerdos implicaban impunidad y más impuestos, a los pobres que implicaban menos subsidios. En la Costa dijeron que el país se convertiría en una nueva Venezuela, en el Cauca que afectaría a las víctimas y así, una mentira diferente para cada uno de los segmentos, un embuste confeccionado a la medida de cada incauto, suministrado de manera intravenosa a través del catéter de las redes sociales.

Trump ha elevado la bajeza humana a su máximo nivel posible; la ha puesto, como los avisos de sus hoteles, en gruesas letras doradas que todos podemos ver a millas de distancia. Durante la campaña ha dicho que bajarles los impuestos a los ricos ayuda a los pobres, que los supremacistas blancos son unos patriotas, que el calentamiento global es una farsa, que el coronavirus esta bajo control y que ha sido el mejor presidente para los afroamericanos desde Lincoln.

Basta con ver la auto humillación de aquellos compatriotas colombianos que se prestaron para ser la utilería de una manifestación trumpista en el cierre de la campaña en Miami, con tapabocas con el tricolor nacional y sombreros vueltiaos, mientras aplaudían a un hombre que los desprecia y que no dudaría en devolverlos a lo que el piensa es un “shithole country” si tuviera la más mínima posibilidad. Porque un mentiroso del calibre de Trump, que vive en el universo paralelo de los “hechos alternativos”, no ve ninguna contradicción en cortejar los votos colombianos en la Florida para después descartarlos como basura.

Peor aún han sido los políticos colombianos, los mismos del no, que ahora meten sus narices en una elección que no les incumbe. Son los facilitadores, los policías judíos del gueto, los que tienen que probar que son leales siendo los más crueles, pero quienes, al final, también acabarán montados en el vagón del tren rumbo a la cámara de gas.

Estos son los que propagan las mentiras, los que las disfrazan y las decoran, todo en servicio del rey mentiroso, del presidente de los Estados Unidos cuyo legado es una gigantesca montaña de estiércol de la cual nos demoraremos muchos años en salir.