.
Analistas 10/03/2021

Destrucción Mutua Asegurada

Durante la guerra fría la estrategia de confrontación bélica entre la Unión Soviética y los Estados Unidos se conocía con el acrónimo en inglés MAD -algo así como LOCO en nuestro idioma- porque el uso de armas atómicas por las potencias aseguraba la destrucción mutua de ambas.

Las dos potencias de la política colombiana, el uribismo y el santismo (aunque el expresidente ha insistido en que ese ismo no existe) se han visto involucradas desde hace varios años, quizás sin mucha intención, en una espectacular confrontación que esta causando serio daño a los legados históricos de ambos expresidentes.

No es muy útil, a estas alturas, reparar sobre quién disparó el primer misil. Es claro, sí, que el expresidente Santos hizo todo lo posible por desescalar la situación, pero para ese entonces era demasiado tarde. La dinámica electoral, donde la polarización funciona, como lo evidencia la elección de 2018, acaba siendo un torbellino que se lleva por delante las mejores intenciones.

El mazo con el cual se han atacado las facciones acabó siendo, paradójicamente, la justicia, que se supone que es aquella rama del poder público que no tiene por qué verse involucrada en temas políticos. Esto lo que demuestra, en buena medida, es cierta candidez de nuestros jueces y fiscales.

Si bien hay carteles de la toga, muchos de los funcionarios judiciales creen sinceramente y de buena fe que enjuiciando a uno o a otro -vía sus representantes accidentales- lograrán el objetivo de un país más equitativo y transparente. Esto es falso. No porque estos objetivos no sean loables -que lo son- sino porque en últimas los jueces y fiscales acaban siendo instrumentos en una lucha de poder que ha trascendido la alta política y que, a plata de hoy, se ha reducido a una confrontación por la supervivencia de las fuerzas involucradas.

¿Quiénes son los que celebran esta demencial situación? ¿Quiénes son los que se regocijan cuando se anuncia una nueva investigación, una escandalosa declaración o un auto de detención? Por un lado, algunos medios (y los hay suscritos a ambos bandos) que se ceban en la efímera reivindicación de los clicks y likes; por otro, por supuesto, las barras bravas de ambos equipos, que celebran como fanáticos enceguecidos cuando al delantero contrario se fractura la rótula o el portero se quiebra la mano.

Sin embargo, los que se ponen más felices son los otros, los que pueden mirar esta pelea de borrachos desde la barra. Allí está Gustavo Petro, por ejemplo. Le sirve que las dos facciones -que tienen mucho más de similar que de diferente- se despedacen sin misericordia. Petro, con esto, puede esconder sus pecados (¿alguien, a estas alturas, recuerda los fajos de billetes en las bolsas de basura?) y caminar tranquilo por el medio cuando los contrincantes caigan al piso exhaustos y destruidos.

Si las fuerzas de los que algunos llaman -con bastante inexactitud, valga decir- el “establecimiento” colombiano siguen en este rumbo aseguraran su destrucción mutua. Basta con recordar la Venezuela de los 90 para saber en donde acaban estas cosas.