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Analistas 02/07/2026

No habrá desarrollo sin recomponer la seguridad y la justicia

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Ganadero, abogado y economista agrícola
Luis Guillermo Echeverri Vélez

“Es de bien nacidos ser agradecidos”. Me disculparán los malagradecidos que se den por aludidos por esta nota de agradecimiento al Gran Colombiano, al Registrador y al profesor Mauricio Gaona, por su gran aporte al “fresquito” que hoy sentimos al salir bien librados después de habernos tenido que tirar un farol irracional frente a la embestida de un proceso electoral engañoso e incomprensible, donde terminamos eligiendo entre la libertad y un modelo narcocomunista.

Uribe, soportando un juicio infame, durante cuatro años recorrió barrios, universidades y pueblos sin dejar un minuto de defender la democracia de manera integral. Gracias a su trabajo y su doctrina, que encarnan los principios del colombiano común: trabajador, honrado y patriota, en este país sigue existiendo una mayoría que conserva los valores fundacionales de libertad y orden en los que se sostiene la democracia. No se equivoquen, que seres así son valiosos e irrepetibles.

Gracias a la integridad y transparencia del doctor Hernán Penagos y de todo el equipo de la Registraduría, superamos el voto fusil y la compra de conciencias en unas elecciones invadidas de ideología progresista destructiva y generadora de odios y resentimiento, y, una vez más, logró, contra viento y marea, mantener el barco a flote durante unos comicios en los que la soberanía tuvo que soportar todo tipo de abusos de un gobierno ladrón, de un mentecato degenerado aliado con el crimen organizado y la corrupción rampante en todas las ramas del poder.

El profesor Gaona, durante su larga estadía, mucho le aportó a un país que tan mal le pagó. Su gran conocimiento aportó claridad en la formación de conciencia sobre el peligro del cambio del sistema de libertades y garantías sociales por un totalitarismo constitucional modelo SS XXI, que implicaba la destrucción total institucional y del Estado de derecho.

Pasó la elección, se salvó el sistema de libertades, pero el problema sigue vivo y demanda atención de toda la sociedad. Un pueblo gobernado por una clase política ingrata y camorrera no puede desarrollarse y está condenado a vivir con el peso eterno de la injusticia. Por tanto, si la justicia no recupera el equilibrio, la fuerza y la imparcialidad, seguiremos montados en un péndulo oscilante entre la anarquía y la autocracia, hasta caer definitivamente en el totalitarismo.

La razón por la cual hay que recuperar de inmediato la seguridad física, la prestancia y la confianza en el sistema judicial es simple: si se quiere corregir un sistema político corrupto, primero hay que despolitizar la justicia y los entes de control, porque una democracia partidista lícita no puede seguir compitiendo contra movimientos políticos armados violentos, financiados y representados por criminales, narcotraficantes, terroristas, contratistas corruptos ni enfermos mentales. Para ponérsela fácil al lector, digamos que la seguridad respaldada por el sistema judicial es a la convivencia y las instituciones democráticas lo que son el tanque y la tubería que surten de agua a una población.

La justicia es el eje de la funcionalidad de un Estado de derecho y el pilar que sostiene el necesario equilibrio que habilita la independencia de poderes. Entonces, en lugar de abordar más “falsos procesos de paz”, que solo generan inseguridad e impunidad y desvirtúan los conceptos de la equidad, igualdad e imparcialidad, lo primero que tenemos que hacer es recuperar la seguridad y la funcionalidad del sistema judicial. Una democracia sin justicia es una mentira donde el Congreso seguirá siendo una olla corrupta y los gobiernos, espejos de egos presidencialistas rodeados de camarillas, seguirán abusando y robando a sus anchas con sus aliados ideológicos públicos y privados.

Desde 2017, en virtud de los espurios acuerdos de Cuba, el desconocimiento del referendo y la instauración de la JEP, el control de buena parte de una justicia ideologizada y corrupta está influenciado por el poderío económico de la droga representado por organizaciones delictivas y narcoterroristas. Por tanto, es un suicidio democrático aceptar la participación en procesos electorales de candidatos que representan sistemas totalitarios contrarios a los preceptos del pacto social que representa el ordenamiento constitucional vigente.
El país no puede seguir otorgando participación política a violentos y corruptos, ni manteniendo una justicia paralela para indultar criminales de mejor derecho y escarmentar a las Fuerzas Armadas que defienden la ciudadanía; eso no es inclusión social ni pluralismo. Darle poder a la criminalidad para destruir es presión ideológica estigmatizante contra quienes respetan y quienes representan la ley. Los delincuentes, los subversivos, los revolucionarios, los violentos y los corruptos deben ir a la cárcel y pagar por sus crímenes sin privilegios; deben ser privados de su libertad y de sus derechos, pues su único propósito es destruir el sistema de libertades de los demás.

Es asunto de todos los colombianos exigir al nuevo gobierno, al Congreso y a las cortes seguridad, justicia y concertar agendas con el sector productivo para encontrar un propósito de país y un sendero de desarrollo que permita la recuperación de la quebrantada dignidad, la soberanía y la convivencia en esta nación.

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