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Analistas 03/11/2026

De la esencia del liderazgo en la vida real al nefasto liderazgo de la era digital

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Ganadero, abogado y economista agrícola
Luis Guillermo Echeverri Vélez
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El 30 de septiembre publiqué un artículo crítico titulado “El orbe entre una borrachera de poder y terrorismo” con el propósito de entender mejor los grandes problemas actuales, como el de todas las formas de terrorismo, la polarización ideológica propia de la anticultura progresista que se opone al progreso de las naciones y a la culturización universal de sus sociedades, el uso maligno de la codificación informática, los egos, las vanidades, las conveniencias individuales derivadas de las transacciones de una politización clientelista, todo en medio del vertiginoso avance en materia de conocimiento y tecnología de nuestra civilización.

Hoy los invito a una reflexión constructiva sobre el liderazgo en esta nueva era del conocimiento, pues he encontrado algo simple que nos permite concluir que tenemos una concepción muy errónea del liderazgo político cuando este se aleja de los fundamentos del liderazgo selectivo que observamos en la naturaleza, y que casi siempre la lucha por el poder nos ha llevado a malinterpretarlo como la dominancia del más fuerte, de forma tan equívoca que no entendemos que la selección en el reino animal, al que pertenecemos, no es una simple función de la fuerza bruta, sino de la eficiencia con la cual se consigue la supervivencia colectiva.

Entonces, la única solución a los grandes problemas contemporáneos puede depender de que los pueblos, en esta era del conocimiento, sean conscientes de la necesidad imperiosa de elegir como líderes a los mejores, no a los más notorios; a quienes han demostrado buenos resultados, a seres con personalidades normales, consistentes y transparentes, dotados del valor que impone el sacrificio personal para poder arribar a los objetivos transformacionales de un propósito de país, y de rechazar a quienes se mueven por la ambición y por la fiebre que produce el ejercicio del poder, y que dejan el destino de las naciones bailando en la pendularidad propia del debate dialéctico entre izquierda y derecha, una discusión insoluble e inconducente que solo esconde la mediocridad y la borrachera de poder y terrorismo.

El liderazgo es algo que amerita razonar a fondo, pero con simpleza. Por mi parte, encuentro su esencia en la misma enseñanza silenciosa que he recibido a lo largo de la vida de mis grandes maestros, “los caballos”, en esa profunda relación de buen entendimiento que debe ser su doma, un proceso que solo es exitoso si el humano comprende que su propósito se logra cuando quien verdaderamente triunfa es el animal. Algo mucho más complejo al traducirlo a las relaciones humanas.

Después de repasar El mito del líder fuerte y varias notas sobre liderazgo, encontré una frase y una cita simples pero profundas de Brayan Groce, que traduje con la esperanza de que las entiendan quienes lideran hoy este país, entrampado entre la violencia derivada del narcoterrorismo y la perversidad de la egolatría y las vanidades individualistas que dominan el devenir político, algo convertido en una continua “puesta en escena digital” que anula la debida reflexión sobre lo que está bien y lo que está mal, y nos lleva a reaccionar por el impulso que nos produce el impacto incesante del contenido que consumimos mediante el esclavizante sensacionalismo en línea al que nos hemos sometido.

“Los líderes alcanzan la grandeza no por su poder, sino por su habilidad de empoderar a otros”. Esto es un llamado a tener en cuenta lo siguiente: “Los grandes líderes empoderan a otros en lugar de reclamar ellos los créditos, y la diferencia la reflejan los resultados”. “Un gran líder nunca demanda reconocimiento. Lo recibe de la gente a la que lidera. No necesita pasar por encima de nadie. Construye un equipo hasta que se consolida. Nunca le roba los méritos ni la luz a nadie. Un gran líder les da siempre el crédito a las personas que está formando, porque esa es la esencia de su trabajo. Lidera con consistencia, visión y, sobre todo, con compasión”.

Todo esto me lleva a otra cita, de autor desconocido, escrita en piedra en las cuadras de don Álvaro Domecq y Díez, y que tengo al lado del retrato de mi padre: “Al hombre que no domina su carácter, lo domina su caballo”.

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