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Trump cambia de tono

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Como es costumbre (y por mandato constitucional), se presentó en Estados Unidos el último martes de enero el denominado discurso del “estado de la Unión”. El presidente estadounidense ofreció el balance de su gestión durante el primer año de administración y varias cosas llamaron la atención.

Sumado a ello, habría que resaltar que sus críticos, detractores y defensores siguen sin perder de vista detalle alguno de sus palabras y acciones. Sea por aversión o simpatía, el presidente norteamericano sigue siendo una de las figuras globales más asediadas por los medios y la “opinión pública” internacional.

Por parte de observadores y analistas se esperaba que Trump abordara diversos temas relativos, fundamentalmente, a redefinir sus posiciones frente a la migración, el tema de la construcción del muro en la frontera con México, las relaciones internacionales, específicamente en lo concerniente a los vínculos bilaterales con Rusia y China, sus perspectivas frente a Siria, Israel, Norcorea y Venezuela, el manejo que dará al sistema de salud y la situación de la economía estadounidense, entre otros.

Pero más que eso quizá, uno de los aspectos más esperados por el público en general fue su actitud, tono de voz y posición frente a quienes le han hecho casi imposible gobernar: los legisladores (incluyendo a los republicanos) y los medios.

De manera particular, su ingreso al Capitolio fue tan aplaudido como inesperado. Abrazos y estrechones de mano a diestra y siniestra. Desde que Donald Trump ocupa la silla presidencial, nunca había sentido tales muestras de afecto. La actividad diplomática se expuso en su máxima expresión, pues no es real que ahora el Presidente de los Estados Unidos esté recibiendo el apoyo que allí parecía haber alcanzado.

Su discurso reposó sobre temas inamovibles (innegociables) desde que dio a conocer su candidatura, nada diferente a lo expuesto desde sus inicios. Se mantuvo inmóvil en las líneas gruesas que exhibió siendo candidato y en su actividad durante el primer año de la Presidencia.

Lo que sí cambió, y no poco, fue el tono y la actitud con la que expresó todas sus ideas. El mundo pudo notar a un irreconocible Trump. Un dirigente calmado, diplomático, y coherente, aunque consecuente con lo que ha sido su accionar. Además, casi obsesionado con el llamado a la unidad de los partidos políticos para hacer de Estados Unidos nuevamente el país grande que alguna vez fue.

En realidad, sorprendió con su estilo. Como también cayeron bien todas las cifras económicas que transmitió. No solo en materia tributaria (favorable a la inversión), sino también en asuntos laborales y de ajuste -tanto micro como macroeconómico-, dejó claro que existe una situación diferente a la que encontró a su llegada.

Aunque también es evidente que hay efectos que se dan como resultado de políticas que fueron trazadas desde la administración Obama, pero que no reconoció. El anuncio del plan de inversión estatal en infraestructura fue otro de los temas agradables al ciudadano, tanto por la generación de empleo como por la renovación y reacomodamiento físico del país.

A pesar de lo anterior, siguen las sombras en su jefatura, pues nada dijo sobre el tema de la posible intervención de los rusos en las elecciones presidenciales (que aún expone como un complot en su contra), como tampoco enfrenta con claridad lo que sucederá con el Obamacare, tras los repetidos fracasos al intentar eliminarlo.

Se aclara un poco su posición frente a cómo manejar la migración ilegal en su país, pero no deja de plantear dudas el hecho de no definir una estrategia categórica para abordar el problema.

Es claro que a pesar de la cantidad de detractores que cruzan sus dedos a diario para que Trump fracase, este ha sabido sobreponerse a las dificultades y, en su primer año, demostró no ser la figura tan incongruente y desacertada que el planeta vislumbró. Aunque sí sea hondamente impopular.

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