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Analistas 30/08/2022

Ortega y Murillo como si nada

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

Definitivamente, luego de las profundas e históricas gestas adelantadas para lograr la consolidación de un Sistema Interamericano de Derechos Humanos icónico y ejemplo para los regímenes internacionales sobre la materia, es, además de absurdo, ridículo e inaceptable que una sociedad tenga que estar sometida a un régimen como el nicaragüense, en el que no existen posibilidades de expresarse de manera distinta a lo que Ortega y Murillo determinan.

La situación actual se torna insostenible y la sociedad internacional poco hace por presionar para que la política del país no se siga erosionando; Daniel Ortega y Rosario Murillo en su enfermizo apego por el poder, están instando a los gobiernos de América Latina para que tomen decisiones radicales en su contra. Sin embargo, los más recientes acontecimientos develan que ni los organismos internacionales tales como la Organización de los Estados Americanos (limitada por la falta de compromiso de algunos gobiernos), ni el reconocido Sistema Interamericano, cuentan con la capacidad de hacer algo para que se acaben las sistemáticas violaciones a los derechos de los nicaragüenses. En términos de colorido, esto ya viene pasando de castaño a oscuro al interior del país centroamericano. Las órdenes más recientes apuntan a la clausura de decenas de Organizaciones no Gubernamentales (ONG), con el argumento de no estar haciendo públicas sus finanzas. También se agudizó la persecución a la prensa independiente, hecho que tuvo su mayor connotación con la clausura y expropiación de la sede del periódico La Prensa, donde ahora operará un centro cultural del gobierno. De manera particular, la Procuraduría General de Nicaragua entregó al Instituto Nacional Tecnológico (Inatec), la nueva escritura del predio, una vez se consumó su expropiación. A pesar de ello, en Centroamérica y en todo el continente, estas cosas siguen siendo parte del paisaje.

La persecución contra la iglesia católica ha sido otro episodio nefasto en la larga historia de violaciones de derechos. Al interior del clero hubo quienes valientemente optaron por no callar más y expresarse frente a lo que consideran una exacerbada represión que está superando los límites de una manera que no se veía desde la Guerra Fría, cuando se actuaba sin escrúpulos, dado que los organismos internacionales de entonces, figuraban simplemente como fachadas útiles a la arquitectura de la bipolaridad. No obstante, más tardaron los jerarcas eclesiásticos en hablar que en ser acallados por el gobierno de Ortega. Lo acontecido en Matagalpa inevitablemente obliga a pensar en historias como las del Padre Antonio y su Monaguillo Andrés, relatada hermosamente por Rubén Blades, aun siendo la radiografía del totalitarismo y la tiranía. Pero, ¿y el Papa? ¿No debió reclamar enérgicamente el papa Francisco ante una situación como estas? Es cuando se reclama que actúe como Jefe de Estado y demande sanciones ante este tipo de regímenes. Con los comportamientos de las últimas semanas, el gobierno de Nicaragua ha consumado algo que desde hacía décadas no se veía en la América continental. La Nicaragua de Daniel Ortega y Rosario Murillo ahora podría considerarse un régimen totalitario, y ellos se mantienen como si nada. Sin embargo, puede ser más grave notar que en el escenario regional también se actúa como si nada ocurriera.

A todas estas es cuando vuelven las preguntas de siempre: ¿Y el Sistema Interamericano? ¿En qué ha quedado la resolución del Consejo Permanente de la OEA expedida el pasado 12 de agosto? Seguramente el problema de ese documento es que además de condenar las acciones del gobierno de Ortega, se limita a enfocarse en verbos insulsos tales como reiterar, renovar, encomendar y seguir “ocupándose de este asunto y considerar la adopción de medidas adicionales según sea necesario”. Lo que se requiere es actuar desde todas las esferas directo contra esa evidente dictadura.

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