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Analistas 06/12/2022

Estrategia exterior

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

En este espacio se ha insinuado ya que una de las directrices de la política exterior colombiana, 2022-2026, estará orientada hacia la posibilidad de que las instituciones financieras internacionales y, en general, los acreedores externos (públicos y privados) reciban y acepten la propuesta del Gobierno colombiano actual sobre el canje de deuda externa. También como se ha expresado y es coincidente con varios medios, dicho canje se daría por acciones e inversiones para mitigar el agresivo cambio climático que nos aqueja como país (y planeta en general).

En lo que va del presente siglo se ha expuesto por académicos y representantes oficiales que esto resulta fundamentalmente atractivo para las naciones industrializadas, en tanto les permite mitigar el impacto negativo que le generan al planeta con su progreso. Por tanto, quizá hoy más que antes, esto se pueda convertir en un tema que algunos de los miembros de la Ocde acepten acordar con Colombia. Pero incluso, resulta factible que en las instituciones multilaterales el tema luzca interesante también.

Recordando un texto clásico de principios de siglo, y procurando que estas líneas alcancen algún nivel de docencia en el lector, se hace pertinente el retorno al capítulo de Klaus Binder (2001), titulado “Canje de deuda externa por conservación de la naturaleza”. Siendo consultor del Departamento Nacional de Planeación (DNP) durante la administración Pastrana, Binder expuso los dos esquemas más simples para alcanzar el canje de deuda externa de las naciones en desarrollo, ricas en recursos naturales, por acciones de conservación de la naturaleza que permitan a los países industrializados equilibrar el daño que generan al mundo. Así, definió las dos vías para alcanzar un acuerdo.

En primer lugar, una manera de lograr el canje de deuda por conservación de la naturaleza (Debt-for-Nature-Swaps), fue planteada a partir de un acuerdo entre dos Gobiernos. Uno de ellos, acreedor, y con un interés denotado en la conservación de los ecosistemas y lucha contra el Cambio Climático, pacta con un par, deudor, pero con un interés declarado de reducción en su deuda externa, la condonación de ésta a cambio de programas ambientales de impacto y claramente constatables. Es un ejercicio simple y que hoy resulta aplicable para Colombia.

La segunda manera de alcanzar un acuerdo para canjear la deuda externa de una nación en desarrollo fue expuesta por Binder en los términos del rol que cumple la banca comercial. Lo planteó, entonces, cuando “un banco comercial de un país desarrollado -acreedor de un país en desarrollo con dificultades en la cancelación de la deuda-, vende en el mercado secundario títulos de esta deuda por un precio menor que el de su valor nominal, pues sólo así logra disminuir la pérdida ocasionada por la no cancelación de dicha deuda. Una organización no gubernamental ambiental internacional compra la deuda y negocia con el país deudor la forma de cancelarla.”

Sin embargo, de acuerdo con el estudio publicado por el autor, para el caso de Colombia no es posible pensar en esa opción, puesto que sólo aplica para economías que pueden demostrar su incapacidad de pago. Colombia, claramente, no tiene esa dificultad. De acuerdo con lo expuesto, y partiendo de lo simple, al Gobierno colombiano le queda por delante un camino expedito para trazar la línea de conversación y acuerdo con sus interlocutores (miembros Ocde) que mayores impactos y efectos negativos han causado al ambiente. No obstante, en esta oportunidad el liderazgo frente a este llamado debe romper la tradición bilateral a través de la cual se ha movido el tema por años, y llevarlo al campo del multilateralismo, con la clara injerencia de las más grandes instituciones financieras, dentro de las que se destaca el FMI. Veremos si se traza la estrategia por ahí. Por lo menos, ya se presentó la Estrategia Nacional de Financiamiento Climático. Esto comenzó.

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