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Analistas 14/09/2021

El cambio en el MinRelEx

Luis Fernando Vargas-Alzate
Profesor asociado de la Universidad Eafit

Por estos días se resaltó una particular conmemoración de los primeros 100 días de participación de la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez en el rol de canciller. Ha sido poco común hasta ahora encontrarse con alguien que, a la par con las funciones de la Vicepresidencia, despliegue oficios en una cartera ministerial. A pesar de ello, debe anotarse que no lo quedó grande asumir tales funciones y llegó a dar cátedra de administración pública y liderazgo en su gestión.

Sin embargo, no todo ha sido tan positivo en sus labores, pues los rezagos del improvisado manejo de las relaciones internacionales del país por quienes le antecedieron y parte importante del otrora cuerpo diplomático, ya habían delineado lo que sería el accionar de la vicepresidenta canciller; además de los retos que tendría que enfrentar. De tal manera que, ahora que se aprestan en San Carlos a celebrar los dos siglos de existencia de la Cancillería, el balance de lo hecho hasta ahora por su titular resulta agridulce.

Al revisar aspectos que podrían ser catalogados como positivos, es indudable que en lo concerniente a la denominada “diplomacia de las vacunas” la canciller demostró que las cosas no se logran a partir de retórica y palabras inocuas, sino trazando planes de acción y ejecutándolos. Su activa labor llevó a que, tanto desde Estados Unidos como desde otras naciones europeas, entraran a apoyar el plan de vacunación del país, con más de siete millones de dosis de biológicos. Y en adición a dicho logro, Colombia hoy hace parte del Instituto Internacional de Vacunas (IVI), organización del sistema de Naciones Unidas que se caracteriza por ser el epicentro global de avances en la materia.

Sumado a ello, la gestión diplomática de Marta Lucía Ramírez llevó a que se agilizara un programa de apertura de consulados honorarios por el mundo, en lugares donde se hace necesario tener personal administrativo antes que político, atendiendo las demandas y necesidades de los nacionales colombianos que por diversas razones se han movido a esos sitios. Lo anterior se conjuga con una interesante gestión que, con el apoyo de ONU Mujeres, aspira poner a Colombia a la vanguardia en relación con los temas de género. Hasta ahora se está diseñando la estrategia para lograr sinergias con el sector privado que, desde el sistema financiero, acompañe propuestas incluyentes, sostenibles y equitativas para las mujeres del país.

Es decir, en términos prácticos, el liderazgo de la vicepresidenta canciller tiene a Colombia ad portas de comprender la validez y eficacia de su estrategia de política exterior, previamente ignorada hasta generar un nulo reconocimiento. Esto es positivo, porque su labor está demostrando coherencia con lo planteado por el Gobierno en el Plan Nacional de Desarrollo.

Sin embargo, la fiesta se opaca cuando se revisan otras cosas en las que la vicepresidenta ha mostrado debilidades. Una cardinal es el trato agresivo y la escasez diplomática cuando se refiere a Cuba. En sus pronunciamientos desluce, porque carece de tacto para abordar un tema que es de la mayor importancia en América Latina. Además, cuando señaló que en la isla se reprimía a las personas, resultó que en Colombia se estaba actuando con mayor violencia que en ese país. Algo similar ha ocurrido con Venezuela. Son temas de tacto diplomático y no de emociones, odios o reacciones políticas.

Y para seguir desentonando, ha hecho esfuerzos por desprestigiar lo negociado por el Estado colombiano en el periodo en que se acordó con la guerrilla de las Farc un plan para la reinserción y finalización del conflicto. Allí le ha faltado mucha diplomacia y astucia, y ha actuado más parecido a cuando fue ministra de Defensa de Álvaro Uribe. Es una pena, pues el cambio en el MinRelEx ha sido un bálsamo interesante que demanda mayor acción diplomática, tanto dentro como fuera del país. Y la canciller aparece en desventaja frente al tema.