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En pleno Mundial de España 82 y justo antes del triste partido Brasil-Italia, mis padres, junto con otras dos familias amigas, tomaron a sus hijos y, en los tres carros que juntaron, nos montaron en un paseo de varios días: viajar de Ibagué a la costa (Barranquilla, Santa Marta y Cartagena) era muy lejos, muchísimo.
Lo sorprendente del viaje que hice junto a mi esposa y nuestro hijo nos dejó atónitos. Desde entonces no tomaba esta vía por tierra, solo que esta vez lo hice desde Bogotá a Bucaramanga, a visitar una familia entrañable.
La vía que tomamos Bogotá-Villa de Leyva en la primera etapa, muestra lo que sería la cena desde su desayuno; si bien es una vía que transito con frecuencia, para efectos de esta narración es importante decirlo: tiene varias fallas a pesar de estar concesionada, adolece de un mantenimiento real, pues cada lado de esta doble calzada tiene fallos en su capa superficial, generando un riesgo entre los vehículos que transitan por ella al tratar de esquivarlos, en especial hasta el puente de Boyacá.
Día 2: Villa de Leyva-San Gil. Tomamos la vía hacia Monguí, pasando por el precioso Monasterio del Santo Ecce Homo, para salir a Moniquirá, una ruta secundaria que, si bien está pavimentada, tiene muchos problemas por distintas fallas geológicas que en algunos tramos está muy cerca de perderse por falta de mantenimiento, en especial obras que mitiguen el riesgo: muros de contención, gaviones, entre otras.
Al tomar la carretera principal entre Moniquirá y Barbosa, que forma parte de la ruta 45A, la cosa se puso fea: sus escasos 10 kilómetros son impresentables, sin mantenimiento alguno, y considerando que la carga que se mueve por el corredor Bogotá-Bucaramanga es alta -tan solo en el 2025 se movilizaron por allí unas 197.731 toneladas en 29.513 viajes (fuente: portal logístico de Colombia, MinTransporte)- da grima ver cómo sufren los transportadores y usuarios de esta ruta; sin embargo, la cosa era susceptible de empeorar.
Etapa 3: San Gil a Bucaramanga, con sus 98 kilómetros, realmente no ha cambiado nada en 44 años, los que transcurrieron cuando en el 82 pasé por primera vez por allí; parafraseando al escritor tolimense Germán Santamaría: es lo más parecido a una serpiente leprosa… La llegada al río Suárez es lamentable, un carril antes y después del puente, porque la vía parece derretirse, sin autoridades, solo un señor que pide dinero por ayudar en el paso y una pala con la cual “llena” los huecos como su único arsenal. Esta tragedia la mitiga el delicioso olor a caña recién molida y cocinada para hacer la famosa panela, así como las recuas de mulas que transportan caña, arriadas por los trabajadores; pero esta vía tiene todos los elementos para desatar crisis: estrechez, falta de mantenimiento, de señalización, de ampliación, de grúas, de peajes, pues los tres que hay -Oiba, Curití y Pescadero- tienen levantadas las talanqueras por protestas de los habitantes del sector, que ya ajustaron 9 meses, lo cual sugiere, en una regla de tres simple: sin cobro de peajes no hay mantenimiento, no hay Estado, no lo hubo en estos cuatro años.
La semana que regresamos de este viaje al pasado (lo digo solo por la vía), pues en efecto Boyacá, Santander y Bucaramanga son hermosos y sus gentes pujantes y berracas. Pasando Pescadero, la vía colapsó, se restringió su movilidad, la base del puente sobre el río Chicamocha está a punto de perderse, y las lluvias que han caído tienen al inicio de esta cuesta, donde los abismos son infinitos, a punto de cerrar. ¿Dónde estuvo el Invías? Primero, cambiando de directores, 9 en 4 años, y seguro cubriendo bases por la corrupción que generó sombras y nos afectó a los colombianos en este periodo a punto de terminar.
Las fronteras no son el límite de la economía colombiana. Son una de sus mayores oportunidades. Allí existe un tejido empresarial que ya genera riqueza
En un mundo obsesionado con acelerar, quizás la verdadera ventaja competitiva sea saber cuándo hacer una pausa. Porque una pausa no es detener la vida sino darle sentido