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Analistas 10/09/2026

El costo de estar preparados

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

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Colombia tiene una de las matrices eléctricas más limpias de América Latina. Pero también una alta dependencia del agua. Mientras los embalses están llenos, la energía térmica puede parecer costosa e incluso prescindible. Pero cuando llega una sequía o un fenómeno de El Niño, cambia la conversación: necesitamos que esas plantas estén disponibles. Así funciona nuestra relación con la prevención: cuestionamos su costo mientras no la necesitamos y descubrimos su valor cuando comienza la crisis.

Nos parece costoso reforzar una estructura hasta que ocurre un terremoto, invertir en salud hasta que aparece la enfermedad, mantener liquidez hasta que llega la crisis o construir relaciones hasta que alguien decide irse. Tendemos a valorar lo que nos protege solo cuando estamos a punto de perderlo.

Con la generación térmica ocurre algo similar. Existe la percepción de que el cargo por confiabilidad garantiza enormes utilidades; aunque estar disponible también cuesta. Mantenimiento, personal, seguros, financiación y combustible deben pagarse aun sin emergencia. Pretender tener esa capacidad lista cuando el país la necesite sin permitir que sea económicamente sostenible es como dejar de pagar el seguro porque durante años no ocurrió ningún accidente y exigir cobertura completa el día del choque.

Las nuevas reglas del Estatuto de Desabastecimiento hacen relevante la discusión. Una empresa puede estar generando energía y simultáneamente perdiendo caja. Los impuestos, proveedores y combustibles no se pagan con expectativas ni discursos. Se pagan con liquidez. Y una planta térmica que pierde capacidad financiera puede terminar perdiendo acceso al combustible necesario para operar. Entonces deja de ser un problema de los generadores y se convierte en uno de todos.

Colombia ha atravesado fenómenos de El Niño sin racionamientos generalizados porque, cuando disminuyó la generación hidráulica, existía el respaldo capaz de responder. Lo paradójico es que el éxito de la prevención suele convertirse en su principal enemigo: como la tragedia no ocurrió, comenzamos a creer que aquello que la evitó era innecesario.

Ese razonamiento también aparece en las empresas. El buen líder no solamente administra lo que está ocurriendo; protege a la organización de aquello que todavía no ha ocurrido. Construye caja antes de necesitarla, desarrolla talento antes de perderlo, administra riesgos antes de que se materialicen y toma decisiones que pocos celebrarán porque su mayor éxito consiste precisamente en que el problema nunca llegue.

Por eso deberíamos dejar de discutir la confiabilidad energética desde la narrativa de quién gana más o menos. La pregunta importante es otra: ¿estamos construyendo un sistema capaz de responder cuando las condiciones dejen de ser favorables?

A esto se suma la liquidez del sector. Cuando algunos comercializadores acumulan deudas, alguien termina financiándolas: generadores, proveedores o financiadores. Ningún sistema puede sostenerse indefinidamente trasladando el problema de un eslabón al siguiente y esperando que el último tenga espalda infinita.

También está en juego algo más difícil de recuperar: la confianza. Colombia necesitará inversiones en generación, transmisión, almacenamiento y respaldo. El capital acepta riesgos; lo que difícilmente acepta es no conocer las reglas con las que tendrá que recuperarse. Cambiarlas de manera que comprometan inversiones existentes puede producir un ahorro inmediato y un costo futuro mucho mayor.

La transición energética es necesaria, pero transición no significa reemplazar irresponsablemente aquello que hoy sostiene el sistema. Significa construir lo nuevo sin destruir antes el respaldo que todavía necesitamos. Gobierno, Creg y empresas tienen la responsabilidad de encontrar un equilibrio que garantice liquidez, sostenibilidad y confiabilidad. No para proteger un negocio particular, sino un sistema del que dependemos todos.

Así que señor presidente, el próximo verano no discutirá ideologías, rentabilidades ni discursos. Simplemente bajará los embalses. Y entonces descubriremos, otra vez, que estar preparados parecía costoso solamente mientras no necesitábamos estarlo.

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