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Analistas 07/09/2026

Una era de transformación histórica: el futuro que Colombia y Corea pueden construir juntos

Park Sun Tae
Diplomático coreano retirado y especialista en América Latina

Vivimos un momento en el que no solo cambian las tecnologías; está transformándose la manera misma en que funciona nuestra civilización. La inteligencia artificial (IA), la transición energética, la electrificación, la robótica y la industria aeroespacial avanzan de forma interconectada y redefinen con rapidez la economía, la industria y los criterios de competitividad de las naciones. Así como la Revolución Industrial no consistió únicamente en la invención de la máquina de vapor, sino que transformó en paralelo las fuentes de energía, los sistemas de producción, el transporte y el orden internacional, la disrupción actual tampoco puede explicarse a partir de una sola tecnología.

El motor que acelera este cambio con mayor fuerza es la IA. La competencia que libran potencias como Estados Unidos y China ha dejado de ser una contienda tecnológica entre corporaciones; hoy define la capacidad industrial de los Estados y el liderazgo geopolítico del futuro. Sin embargo, sería un error reducir la carrera de la IA únicamente a los semiconductores y al software.

La IA requiere volúmenes ingentes de electricidad. Operar y refrigerar centros de datos a gran escala y chips de alto rendimiento exige un suministro abundante, continuo y estable. En última instancia, la carrera por la IA es una competencia por los semiconductores, pero también por la energía y la infraestructura: generación eléctrica y redes de transmisión.

Por ello, en la era de la IA, la política energética se convierte de facto en política industrial. Hasta ahora, la expansión solar y eólica se ha debatido principalmente bajo el prisma de la mitigación climática y la reducción de emisiones. No obstante, en un entorno dominado por la IA y la electrificación, la capacidad de garantizar energía suficiente, confiable y a costos competitivos determinará la atracción y retención de industrias avanzadas y, en definitiva, la viabilidad del desarrollo nacional.

Una oportunidad estratégica para Colombia

Esta coyuntura abre una importante oportunidad para Colombia. El país cuenta con una matriz hidroeléctrica robusta, un potencial solar significativo y condiciones eólicas especialmente favorables, en especial en la región Caribe. Si articula estas fortalezas con visión estratégica, Colombia no solo reducirá su dependencia de los combustibles fósiles, sino que podrá convertir su riqueza renovable en la base para estructurar nuevas industrias y cadenas de valor.

Sin embargo, las condiciones naturales por sí solas no crean una industria. Una central de generación requiere redes de transmisión capaces de evacuar y transportar la energía. El desarrollo de la eólica marina demanda buques de instalación especializados, cables submarinos, infraestructura portuaria y esquemas técnicos de mantenimiento. El hidrógeno precisa no solo plantas de producción, sino logística de almacenamiento, transporte y despacho. De igual modo, la movilidad eléctrica solo despega si la infraestructura de recarga avanza al mismo ritmo.

En definitiva, la transición energética no se reduce a instalar infraestructura aislada; exige construir un ecosistema productivo integral. Es justamente aquí donde la trayectoria de Corea puede ofrecer experiencias útiles.

Lo que aporta la experiencia coreana

En la década de 1960, Corea era una economía en desarrollo con escasez de capital, tecnología y recursos energéticos propios. Al tiempo que impulsaba la manufactura y las exportaciones, el país construyó simultáneamente plantas generadoras, redes de transmisión, puertos y autopistas, sentando las bases de industrias como la siderurgia, la construcción naval y la electrónica.

El rasgo distintivo de la industrialización coreana radicó en que no promovió sectores aislados, sino que desplegó en paralelo la infraestructura, el capital humano y las redes de proveeduría necesarias para sostenerlos. La competitividad que Corea ostenta hoy en semiconductores, industria automotriz, baterías, construcción naval, acero, energía nuclear y equipos eléctricos es el resultado de esa acumulación estratégica.

Con todo, la historia coreana dista de ser una sucesión lineal de triunfos. A finales del siglo XIX, Corea no supo descifrar a tiempo la celeridad con la que el mundo mutaba bajo el empuje de la industrialización y el reordenamiento internacional, lo que desembocó en un costo histórico devastador. Para la sociedad coreana, comprender oportunamente el rumbo del cambio global no es un postulado teórico; es una lección aprendida al más alto precio.

Esto no implica que Colombia deba replicar mecánicamente el modelo coreano. Cada nación responde a tiempos, recursos y estructuras sociales distintas. Lo verdaderamente enriquecedor radica en examinar cómo Corea priorizó sus sectores en momentos clave, cómo coordinó educación, infraestructura, financiamiento y tecnología, y qué conclusiones extrajo tanto de sus aciertos como de sus desvíos. Si Colombia toma de esta experiencia herramientas aplicables a su propia realidad, el ejercicio habrá cumplido su propósito.

De la experiencia a la cooperación industrial

Bajo esta perspectiva, las áreas de convergencia entre ambos países son amplias. Si Colombia acelera sus proyectos de eólica costa afuera, la experiencia coreana en construcción naval pesada, cableado submarino y equipos eléctricos puede contribuir de manera significativa. En el hidrógeno y la movilidad eléctrica existen oportunidades concretas en almacenamiento, transporte e infraestructura de recarga. Si a esto se suma la formación técnica y la capacitación de talento especializado, la relación bilateral superará la dinámica tradicional de compraventa de equipos para dar paso a la cocreación de nuevos ecosistemas industriales.
Corea, por su parte, no debe ver a Colombia únicamente como un mercado de consumo. Colombia posee un importante potencial de energía limpia y amplias perspectivas de crecimiento. Corea aporta base manufacturera, capacidades tecnológicas y décadas de ejecución en proyectos complejos. El núcleo de la alianza radica en conectar estas fortalezas complementarias.

Para materializar este potencial, sin embargo, el primer paso es profundizar el conocimiento mutuo.

En Colombia suele identificarse a Corea a través de la cultura popular, los automóviles o la electrónica de consumo. Es mucho menos conocido el engranaje mediante el cual el país estructuró su aparato productivo, acumuló tecnología y talento, y continúa forjando hoy nuevas ventajas competitivas. El conocimiento todavía insuficiente sobre las capacidades y prioridades reales de cada parte constituye una barrera importante para el diseño de proyectos estratégicos.

Ese es, precisamente, el propósito de este espacio. A lo largo de esta serie de columnas, abordaré las distintas facetas de la competitividad coreana y su pertinencia para el debate colombiano: semiconductores; construcción naval y eólica marina; energía nuclear y redes de transmisión; baterías e hidrógeno; e infraestructura y formación de talento, entre otros.

El objetivo no es enaltecer los logros de un país ni ofrecer recetas prefabricadas, sino abrir interrogantes útiles para Colombia e identificar cómo estas trayectorias pueden traducirse en alianzas tangibles de beneficio mutuo.

En épocas de transformación histórica, el mayor riesgo no es la incertidumbre, sino la inacción por no comprender el rumbo de los cambios globales. Imitar el camino de otros tampoco es la solución; lo fundamental reside en descifrar las grandes tendencias para trazar una ruta propia. A medida que Colombia y Corea profundicen su entendimiento estratégico, sabrán con mayor certeza qué industrias, proyectos y futuros son capaces de construir juntos.

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