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Analistas 26/10/2021

Gratitud y orgullo

Leopoldo Fergusson
Profesor Asociado, Facultad de Economía, Universidad de los Andes

Palabras para la ceremonia de grados de la Universidad de los Andes, octubre 22 de 2021

Queridos graduandos:

Felicitaciones. Espero que ustedes y sus familias disfruten y celebren como lo merecen. Hoy no es un día cualquiera. Las intensas emociones de este momento lo dejarán indeleblemente registrado en su memoria.

Hablando de las emociones, hoy seguramente es un día invadido por dos sentimientos predominantes: el orgullo y la gratitud. Es curioso, porque son sentimientos hasta cierto punto contradictorios. El orgullo se nutre de la satisfacción por lo que cada uno ha conseguido con su empeño y con sus talentos. La gratitud, en cambio, pone el énfasis en quienes los han apoyado para llegar donde se encuentran hoy. El orgullo es individual; la gratitud es colectiva. El orgullo evoca el amor propio; la gratitud recuerda el cariño hacia los demás.

Aunque parezcan oponerse, sientan las dos cosas. Tienen bien merecido reconocer que, en efecto, ustedes son personas excepcionales por lograr este paso extraordinario, reservado para pocos. Coloquialmente, ¡son unos duros! Llegaron hasta acá, no me cabe duda, tras superar muchos escollos y con una dosis admirable de esfuerzo. Pero mi principal llamado, mi exhortación, es a que no olviden la gratitud. Me animan muchas razones.

Por evidente que sea no sobra decirlo: ustedes son unos privilegiados. Pocos en Colombia reciben la educación que ustedes recibieron. Basta recordar que mientras cada año se gradúan del bachillerato jóvenes que, como el país, son de familias con ingresos bajos o medio bajos, a las universidades entra una mayoría con familias de ingresos altos o medio altos. Si la educación superior no luce como el país, ni qué decir de la Universidad de los Andes, la mejor y más selectiva universidad privada.

En los Andes hemos trabajado intensamente para cambiar esta desigualdad, pero nos falta trecho. Gracias a los avances, no todos ustedes vienen de entornos particularmente privilegiados. Pero sospecho que aún los que han tenido que enfrentar más dificultades podrán reconocer, con algo de introspección, el papel de la casualidad, de la buena fortuna y del apoyo de otros en lo que han conseguido. Es conveniente cierta modestia. No sólo porque los límites de nuestro control sobre nuestro destino son reales. Sino porque esa modestia nos puede volver personas más empáticas: mejores amigos, mejores hermanos, mejores hijos. En últimas, mejores ciudadanos.

La distribución tan desigual de los privilegios y oportunidades en Colombia es, entonces, la primera motivación de mi invitación a enfatizar la gratitud sobre el orgullo. Pero no es solo eso. Me preocupa también observar cierto empoderamiento miope de los privilegiados: una ceguera para poder ver la desigualdad en sus narices que se combina con la desfachatez con la que caminan sobre el tapete rojo que, por puro azar, les ha tendido la vida.

Hay señales por muchos lados. Un tema que se ha vuelto recurrente en Colombia y, para mi, casi que una obsesión, lo ilustra: nuestra incapacidad de construir un pacto tributario justo. Un pacto donde quienes tienen mayores ingresos, especialmente los más privilegiados entre los privilegiados, contribuyan en mayor proporción para financiar las imperiosas necesidades sociales que debe atender el Estado. Un pacto en donde lejos de regalar a los empresarios más influyentes exenciones favorables e inalcanzables para otros, todos ponemos y contribuimos, de modo que cualquiera con suficiente tesón y una buena idea puede perseguir sus emprendimientos. Pero ese no ha sido el caso.

Como anécdota, recientemente presentaba en clase cómo sigue siendo cierto que las circunstancias de nuestro nacimiento (muy disímiles entre regiones, clases sociales, razas, sexos) determinan buena parte de nuestro éxito material. Si importa tanto la lotería de la cuna, una tributación progresiva del ingreso que ayude a construir más igualdad de oportunidades parece apenas justa. Eso sin contar que también es eficiente, pues ayuda a que todos podamos perseguir nuestros sueños y aprovechar nuestros talentos, con lo que ganamos todos.

Pero alguien protestaba con las siguientes razones: “si nací en una familia rica, qué culpa tengo yo de que mi abuelo se haya esforzado más que el de otro que se dedicó al vicio”. Esta curiosa teoría de meritocracia intergeneracional produce varias preguntas. ¿Acaso ese alguien más eligió a su abuelo? ¿Aún si estuviéramos dispuesto a castigarlo por eso, no es quizás más probable que a ese abuelo le hayan faltado los golpes de suerte que tuvo el suyo? Y, sobre todo, una incapacidad para ponerse en los zapatos del otro: ¿pensaría igual si usted fuera el nieto del presunto abuelo vago?

La postura a la que los invito es más difícil de lo que parece. Entre otras cosas, porque siempre podremos encontrar a alguien con más privilegios que los nuestros y con más miopía empoderada. Es natural reaccionar con indignación y desesperanza para contribuir nuestra parte. Es fácil decir: “yo no seré el bobo de quien vive el vivo”. Es una reacción natural, por ejemplo, cuando vemos que desde empresarios y políticos connotados hasta nada menos que quienes nos cobran los impuestos aparecen en esquemas financieros de paraísos fiscales, desde los Panama Papers hasta los Pandora Papers. No es enjuiciar a nadie el reconocer que merecemos respuestas más que silencio, explicaciones claras más que reacciones indignadas y rendición de cuentas más que demostraciones de poder.

Pero nada de esto justifica que nosotros esquivemos nuestra responsabilidad, acentuada desde nuestro privilegio, por cumplir nuestro deber. Al contrario, lo refuerza, pues solo con esa autoridad podemos exigir un cambio. El otro camino, donde todos tenemos “rabo de paja”, conduce a un incendio.

Si esta postura la necesitamos siempre, ahora es aún más urgente. La pandemia nos mostró que los avances sociales han sido frágiles. Además, no solo exacerbó las diferencias e injusticias del país, sino que desnudó (o al menos debería desnudar) las que ya existían para quienes tenemos el privilegio de no vivirlas día a día. La pobreza monetaria en 2020 afectó a millones de colombianos más si comparamos con 2019. Casi unos tres millones y medio de personas. Tres millones y medio. Trágico. Pero más trágico aún, quizás, es que esto simplemente viene a engrosar a un grupo que ya desde antes sumaba cerca de 18 millones de colombianos. Esta realidad es invisible para muchos.

Quizá les resulte llamativo que un economista, sobre todo un economista uniandino (con el lastre del estereotipo que cargamos), les comparta estas palabras que enfatizan la importancia de la cooperación con los demás, de la coordinación, del trabajo colectivo, del rescate del papel del Estado.

Quizá esperaban un mensaje más centrado en la importancia de la ambición personal, de la iniciativa individual, de la competencia y de las capacidades privadas. Sin duda, todas las sociedades necesitan ambas cosas para prosperar. Pero mi intuición, y lo que he estudiado sobre este país, me convencen de que a Colombia le falta sobre todo lo primero. No tenemos una crisis de ambición. Pero sí tenemos una crisis de confianza, de cohesión, de esperanza colectiva.

Aunque la confianza debe construirse desde todos los niveles de la sociedad, corresponde especialmente a gente como ustedes promoverla con sus acciones. Esas acciones solo podrán estar bien encaminadas si reconocen, con gratitud, sus privilegios. Ustedes serán, y deben ser, juzgados con una barra más alta. Es apenas su deber y, bien lo saben, el propósito de los uniandinos es ir “más allá del deber”.

Digo todo esto a pesar de que muchos de ustedes ya lo saben. Es más, me lo enseñaron. Son ustedes la generación que, desde 2018, se adueñó de un eslogan que bien podría resumir mi principal mensaje: “que el privilegio no te nuble la empatía”. Conserven esa actitud. Hará mejor al país. Y predigo que a ustedes los hará más felices. Porque al final, cuando nos miremos al espejo, si lo único que hicimos con nuestros privilegios fue aprovecharlos, sospecho que difícilmente estaremos satisfechos con nosotros mismos.