Como en la tragedia clásica, el destino es inexorable. Por más esfuerzos, habrá un doloroso saldo de vidas perdidas por el Covid-19 y una economía estropeada.

El consuelo, y no es poco, es elegir la forma de la tragedia. En nuestras manos está cuántos y quiénes mueren por la pandemia, así como cuántos y quiénes ven su vida maltrecha por la recesión.

Querámoslo o no, lo explicitemos o no, pondremos en la balanza el bienestar y la vida de unos sobre otros. ¿Cómo lo hacemos? Nadie sabe, pero me atrevo a sugerir algunas consideraciones y sus implicaciones.

Primero, esto no debe ser un dilema entre la economía y la vida. Si importa la economía es porque la recesión que viene implica vidas humanas maltrechas, en algunos casos hasta la indignidad, la enfermedad, e incluso la muerte. Modificando un análisis de Francisco Ferreira, el dilema es, como en la figura, entre vidas perdidas por el Covid-19 y vidas maltrechas por la recesión.

Sin pandemia no teníamos que elegir entre muertos por el virus o vidas maltrechas por la recesión (punto A). Ahora no tenemos otra opción que ubicarnos en algún lugar de la curva roja. Por ejemplo, un distanciamiento físico estricto y prolongado son menos vidas perdidas por el Covid pero más vidas maltrechas por la recesión (punto B). Mayor libertad de movimiento, lo contrario (punto C).

Segundo, debemos admitir que navegamos parcialmente en tinieblas. Basta comparar las estimaciones del impacto de esta crisis de la Universidad de los Andes con las sustancialmente mayores de Fedesarrollo. Para algunos el mundo se ve como la línea verde: cada vida que intentemos salvar por el virus es un sacrificio enorme en el bienestar material de muchos. Otros lo estiman como la azul, con menor impacto por la recesión por cada vida salvada del Covid.

Hay muchas fuentes de incertidumbre. Una crucial es que desconocemos el comportamiento de la economía moderando las obligaciones de distanciamiento. Habría, en todo caso, muchas vidas maltrechas por la recesión, pues Colombia sufre por el desplome del precio del petróleo, la disrupción del comercio internacional, el temor de los consumidores y empresarios, los muchos que, precavidos, se aislarían aunque no fuese obligatorio, etc.

De esto se desprenden al menos dos implicaciones. Primero, es prudente evitar el optimismo sobre la reactivación por moderar las medidas de distanciamiento y no aflojar en los apoyos a la economía. Segundo, conviene apostarle con énfasis a medidas sabias sin importar cuál sea la realidad. Entre ellas, claro está, mejorar nuestra capacidad de hacer pruebas, rastreo epidemiológico, aislamiento de casos, aumento de camas y unidades de cuidado intensivos, y protección para el personal médico.

Algo más es claro: las medidas adoptadas deben ser fuertemente redistributivas. Sugiero tres motivos.

Primero, el virus y su contención golpean mucho más a los pobres. El distanciamiento físico es menos tolerable para quien debe conseguir sustento día a día, no puede trabajar virtualmente, debe tomar el transporte público o vive en hacinamiento. La recesión es más problemática para quien no tiene trabajo estable, ahorros, o el capital humano para recuperarse pasada la crisis. Las recomendaciones de higiene son imposibles sin agua potable. Los ejemplos podrían continuar.

Caricaturizando, a algunos la crisis les pesa porque no los motiva la clase virtual de Yoga (o porque olvidan lavarse los dientes por la mañana, sugiere un ocurrente trino). El sustento de otros está contra las cuerdas. Esto, reflejo de nuestra impresentable desigualdad, implica que quien puede contribuir sin “maltrechar” su vida debe hacerlo contundentemente. La redistribución mueve la curva roja hacia la negra: nos acerca al mundo sin pandemia, sin una elección tan dolorosa entre muertos por Covid y vidas maltrechas por una economía golpeada.

Otro principio que favorece el énfasis redistributivo es financiero: escaseando las fuentes externas, debemos buscar recursos propios y la única manera es con progresividad.

Finalmente, un principio filosófico favorece la redistribución. Hace poco, desestimábamos la llegada de la pandemia e ignorábamos a quién golpearía más duro. Las circunstancias recuerdan el “velo de ignorancia” que imaginó John Rawls para plantear sus principios de justicia. Desconociendo las particularidades que los pondrían en mejor o peor posición, individuos de una sociedad justa acordarían proteger a los menos favorecidos.

Por todo esto, se justifican no solo las ayudas anunciadas para la población vulnerable, sino apoyos más generosos. Para financiarlos, se justifican los gravámenes a salarios altos, como propone el gobierno, y a los ingresos altos en general (muchos escondidos en gastos de representación, primas técnicas, bonificaciones), incluyendo los honorarios y pensiones altas. También, gravar al patrimonio. Y si ahora los contribuyentes no tienen liquidez, el pago se puede diferir mientras el gobierno busca liquidez con estos ingresos futuros como respaldo, esquema propuesto por Jorge Humberto Botero y Eduardo Lora.

Y que este énfasis redistributivo, imprescindible por la pandemia, no se desvanezca cuando la crisis termine. Porque en Colombia se viven rutinariamente y en silencio los dilemas que hoy saca a la luz el Covid-19.