sábado, 18 de julio de 2020

Más columnas de este autor Leonardo Gómez Jiménez

La trillada frase “debemos reinventar los negocios” que en últimas se reduce a buscar cómo vender por internet en tiempos de Covid, choca con otra frase absurda que ronda en las mentes de los colombianos: “Lo online es gratis”. Eso tiene frenadas a las industrias de entretenimiento y educación no formal que hoy intentan vender lo que antes vendían presencial: conferencias, obras de teatro, conciertos, cursos, talleres y serenatas. En definitiva, todo lo que nos nutre el alma y que hoy al estar catalogado como una industria de quinta, porque no es de primera necesidad, está condenado a desaparecer ya que su naturaleza está en el mundo físico, no en el virtual.

Muchos soberbios digitales dirán que bien se lo tienen merecido por no haberse subido a tiempo al tren de la tecnología. Lo cierto es que el público difícilmente paga por esos contenidos online. Y no pagan porque hay tantos regalados buenos y malos (la mayoría malos) que maleducaron en la cultura de lo gratis. Hace años existen miles de tutoriales gratis para aprender a cantar, a cocinar o a hablar inglés. Quienes querían calidad y personalización sabían que allí no lo iban a encontrar y por eso acudirán a una escuela especializada, donde además de aprender, se ofrece la experiencia de compartir con almas que tienen intereses similares. Hoy academias y escuelas de toda índole llevan cuatro meses cerradas y ni siquiera están contempladas en una última categoría para abrir en agosto de 2076. ¡Es que ni las nombran! ¡Son invisibles!

Esta industria llegó a competir en internet en un mundo ya saturado de cursillos y tutoriales triviales que se han posicionado como los reyes de la educación virtual. De repente llegan al mundo online estas escuelas como intrusas pretendiendo cobrar, y el público se muere de la risa porque las confunde con un video mísero de seis tips para cantar lindo. Lo mismo le ocurre a la industria del entretenimiento en vivo. El teatro y los conciertos llegaron de arrimados a competir en internet con miles y millones de series gratis, videos de gatitos lindos y maratones de series de Netflix que se roban la atención del espectador. Para rematar los cantantes más famosos saturaron la escena ofreciendo conciertos gratuitos desde casa, compitiendo con el pobre mariachi que pretendía vender una serenata virtual para las mamás. O el teatrero, tremendo actor con 20 años de experiencia intentando vender su dramaturgia a 10.000 online cuando miles de comediantes baratos regalan su talento a cambio de ego con likes. Claro, los amantes del teatro apoyamos estas iniciativas porque no queremos que la industria se acabe, pero en el fondo sabemos que la experiencia del sonido de las tablas, de ver al actor en vivo no se reemplaza en una pantalla.

Lo peor es que en el afán de no dejarse morir, ni siquiera de hambre sino de depresión, muchos ofrecen voluntariamente su trabajo gratis como maestros de yoga, comediantes o conferencistas, para mantenerse vigentes. El problema es que así estamos reforzando el mensaje de que lo online es gratis y cuando venga el que no quiere regalar su trabajo, pocos lo atenderán. No repitamos el error de los medios de comunicación que regalaron su contenido en internet por 30 años y ahora no saben cómo cobrarlo. ¡Y arriba el telón por favor!