Analistas

Mis primeros 40 años (Segunda parte)

La semana pasada llegué a mis cuarenta años y comentaba en esta columna, siete competencias que hemos desarrollado los de esta generación gracias a las diferentes tecnologías con las que hemos crecido. Analicemos entonces otras cinco fortalezas:

8. ¿Qué me dicen de ese delicioso ejercicio de escucha, retentiva y escritura a mano cuando sacábamos la letra de las canciones? Eso nos garantizaba después ser el alma de las fiestas o cantar a grito herido en el colegio una de las rolas del Top40 de la radio.

9. Madrugábamos no solo para ir al colegio. Los sábados y domingos teníamos que estar listos muy a las ocho de la mañana para ver nuestros programas favoritos: Chiquilladas, Imagínate, Los Pitufos, Los SuperAmigos, Mazinger, He-Man. El niño actual llora si no le pasan ya mismo la tableta para ver a la marranita esa grosera. ¡Nosotros en cambio teníamos que cumplir horario hasta para ver a Superman! y debíamos esperar una semana entera para volverlo a ver. Por eso un cuarentón es disciplinado, madruga y es paciente.

10. Y claro, como nuestros contenidos solo estaban al aire en ciertos horarios ciertos días, el resto del tiempo lo invertíamos en mil actividades más: jugar, saltar, dibujar, cantar, bailar, escribir… cualquier verbo activo terminado en ar, er, ir. Hoy el niño se volvió ocioso y solo sabe ver. Ver una pequeña pantalla.

11. Nosotros desarrollamos empatía. Éramos capaces de convivir en el mundo de los adultos y en el de los niños. Si los sábados en la mañana era nuestro espacio para ver TV, en un paseo en carro o en las noches en la casa era el momento de escuchar las historias de los grandes y contar las nuestras. En ese intercambio de ideas podíamos encontrar un motivo de admiración hacia ellos o un tema en común de conversación. Hoy pareciera que el mundo de los menores es irreconciliable con el de los adultos porque están sumergidos 24 horas en sus propios contenidos y con sus audífonos puestos. Una alienación total. ¡Recuerden al hijo de Jorge Barón escribiendo un libro sobre su padre!

12. Cuando felicitábamos por un cumpleaños lo hacíamos de corazón y porque nos aprendíamos las fechas. No quedaba otra que llamar por teléfono fijo al cumpleañero, rogando que otro no se nos adelantara y encontráramos la línea ocupada. Ahí hay un ejercicio interesante que implica esfuerzo, tiempo, escucha, charla, memoria y reacción inmediata a lo que el otro nos dice. Hoy Facebook no solo nos recuerda la fecha sino hasta nos arma el mensaje y lo envía: ni corazón ni esfuerzo ni memoria, solo un robot supliéndonos. Lo bonito de cumplir 40 es identificar a otros contemporáneos: los únicos que se toman la molestia de hacer ese lindo ejercicio de llamar y conversar. Los más chiquitos ya no llaman y las tías mayores tampoco pues encontraron en Facebook su mano derecha para no olvidarse de nadie. ¡Así que es responsabilidad de nosotros los cuarentones mantener vivas esas tradiciones y demostrar de qué estamos hechos!