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Entre el sílabo y la sorpresa

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Hace unos años cursando un Máster en España, tuvimos un profesor invitado de Estados Unidos a dictarnos un módulo. Antes de su llegada, nos entregaron una carpeta donde estaban impresas todas las diapositivas de Power Point que nos presentaría en su clase.

En efecto su clase no fue más que eso: la lectura de unos Power Point que conocíamos desde el día cero. Todo estaba fríamente calculado para que no “panda el cúnico”. No había lugar a sorpresas. Ya sabíamos qué palabra iba a decir y cuál sería el siguiente clip art noventero que veríamos. Ni siquiera era necesario ir a su clase, pues ya todo estaba dicho en esa carpeta. Mis compañeros y yo, todos latinos, cuestionábamos ese triste acto que no dejaba lugar a la incertidumbre a la que tan bien estamos acostumbrados los sudacas.

Años después, de nuevo estudiando, pero esta vez en Estados Unidos, ocurrió lo mismo. En una suerte de curso preuniversitario, nos entregaban las diapositivas impresas del curso que íbamos a tomar. Resulta que el modelo gringo es así: sin lugar a la improvisación. Cada minuto de la clase calculado. Y peor aún (o mejor para algunos): antes de un examen recibíamos una guía de estudio con las preguntas y las respuestas que debíamos estudiar para no fallar en la prueba.

¿Really? ¿Y dónde queda la sorpresa? ¿Y el saborcito de la incertidumbre? ¿Y el sustico de no saber qué me van a preguntar? ¿Y la pasión de aprender no para el examen, sino para la vida? ¿Y el ánimo de llegar a clase para encontrar algo nuevo?

Es posible que ese sea el secreto del éxito de los gringos: que todo está planeado sin lugar a la improvisación. Y la planeación es clave, sin duda, pero todo con moderación y contexto. Como profesor de periodismo, desde hace 10 años he tenido que estructurar el sílabo de cada curso, entregarlo al comienzo de cada semestre a los estudiantes, y seguirlo.

Pero la sorpresa del método y la forma es un ingrediente fundamental, sobre todo cuando competimos con los celulares para lograr la atención. La dinámica de la cotidianidad hace que el foco de la clase un día pueda variar. Es más: hay grupos con los que se trabaja mejor que otros.

Hay unos más divertidos, otros donde no hay química, otros donde los apuntes de un alumno dan pie para profundizar más en un tema, otros donde leen más y otros donde estudian menos… la misma incertidumbre climática de nuestro país tropical, nos obliga a hacer ajustes sobre la marcha.

El trabajo de un buen profesor debe ser ajustar su método a la personalidad de su grupo. Un chiste puede ser oportuno para hacer entender un tema a partir del comentario de un alumno, y ya no lo será en el siguiente curso. Premeditar cada segundo, mata el contexto, el interés, la sorpresa, la personalización, el disfrute.

Que no perdamos ese encanto en Colombia por favor, por tratar de seguir modelos rígidos que no se ajustan a nuestra realidad chibcha. Entendamos, eso sí, que debemos cumplir estándares internacionales. Se puede.

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