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Antioquia se pronunció sobre su lectura de país. El candidato Abelardo De La Espriella obtuvo más de 1.700.000 votos, cerca de 54%. Por su parte, el candidato de la izquierda obtuvo casi 900.000 votos, alrededor de 25%. Los resultados del candidato de derecha son dicientes: su diferencia en Antioquia con el candidato de izquierda es superior a la diferencia total en el país, lo que significa que Antioquia no solo votó distinto a la media nacional, sino que fue determinante para definir quién pasó de primero a la segunda vuelta.
Al comparar al candidato Cepeda (2026) con Petro (2022) en la primera vuelta en Antioquia, Cepeda creció en más de 120.000 votos y ganó en 15 municipios del departamento, concentrados de mayor a menor proporción en Urabá, Bajo Cauca, Nordeste y Magdalena Medio. Estos municipios tienen condiciones económicas, sociales y de seguridad particulares que requieren la focalización de múltiples actores. Una lectura fácil de lo acontecido en Antioquia puede ser netamente ideológica, al ser de derecha y de tradición conservadora; considero que hacer esta lectura, además de equivocado, es un error garrafal. Lo que debe entender el próximo gobierno es que lo que Antioquia votó no fue fruto del oráculo de ningún líder político que decide por quién votar o no, ni mucho menos una posición ideológica. En esencia, lo que Antioquia hizo el domingo pasado fue presentar una factura pendiente y acumulada por cerca de cuatro años.
Estoy convencido de que una buena forma de entender los mapas electorales, en especial cuando hay candidatos de extremos, es revisar los contextos económicos de las regiones. Miremos: Antioquia aporta cerca de 15% del PIB nacional y 29% de las exportaciones no tradicionales del país. En 2025 creó cerca de 30.000 empresas nuevas solo en la jurisdicción de la Cámara de Comercio de Medellín. Antioquia es un departamento que genera riqueza propia, que financia en buena parte su presupuesto con ingresos tributarios propios; son más los impuestos que aporta a la Nación que los que recibe y, por tanto, aun con muchos temas por resolver, apoya a todo el país.
Por su parte, el departamento del Vaupés, donde el candidato de izquierda arrasó con 75,52%, tiene un PIB de $472.000 millones, el más bajo de Colombia. Putumayo, donde Cepeda obtuvo 71,36%, y Guainía, donde alcanzó 56,44%, son territorios donde el Estado es el principal actor y financia prácticamente todo el presupuesto porque no existe base tributaria propia. El mapa electoral es también un mapa de modelos de desarrollo, y esa lectura es mucho más incómoda que la ideológica.
La factura que presentó Antioquia el domingo se fundamenta, en primer lugar, en el deterioro de la seguridad; el segundo factor es la crisis del sector energético, materializada en incumplimientos de pago y en la conexión de nuevos proyectos. Empresas antioqueñas del sector quedaron atrapadas en una cadena de impagos cuyo origen está en la intervención de Air-e. Esto no es ideología: son recursos que no llegaron, proyectos cancelados y empleo que no se creó. El tercer factor es fiscal. Si bien municipios del departamento han percibido recursos de la Nación, también es cierto que hay ausencia de concurrencia de recursos para que los propósitos superiores del departamento avancen, sumado a decretos de emergencia económica que atacaron de manera directa las finanzas públicas y corporativas. El cuarto es simbólico, pero no por eso menos importante: el escalonamiento de un lenguaje que estigmatiza al departamento, su empresariado, sus vías, sus líderes, su cultura y el sector energético.
Que el futuro presidente entienda que la cultura empresarial es parte de la identidad regional; que las familias, sin importar su nivel de ingreso, valoran emprender y trabajar, y que esto se transmite de generación en generación como principio fundamental. Antioquia no es insensible ante la desigualdad ni mucho menos ante las brechas territoriales.
Antioquia ha realizado una apuesta durante décadas para reducirlas creando riqueza, no mediante su redistribución por decreto.
Ahora bien, el 54% del domingo no es un cheque en blanco. El candidato de derecha ganó en Antioquia no porque su propuesta sea detallada y coherente -que no lo es-, sino porque encarnó, especialmente, el rechazo al continuismo en un momento en que ese sentimiento era la emoción dominante. Ese matiz importa enormemente para lo que viene. Lo que se debe entender de Antioquia es que es una región que no vota contra el cierre de brechas o los programas sociales; vota por una forma distinta de construir país. Apuesta por institucionalidad, seguridad, formalización e inversión privada, en lugar del subsidio como destino permanente. Ese no es un debate ideológico: es un debate sobre qué funciona. El mapa del 31 de mayo no es solo electoral; es un diagnóstico de dos Colombias con modelos distintos de relación con el Estado.
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