viernes, 29 de mayo de 2020

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En medio de las devastadoras noticias por la crisis económica global por la propagación del coronavirus, el anuncio del plan franco alemán para la recuperación de Europa envía un poderoso mensaje que debería tenerse en cuenta en diferentes contextos: se necesita audacia en esta coyuntura, algo que nos ha faltado por estos lados.

Alemania había sido históricamente opuesta a ideas como el reparto de la deuda de los países más pobres de la Unión Europea. Contrario a esto, el plan anunciado por Angela Merkel y Emmanuel Macron, y desarrollado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, establece la creación de un fondo de 750.000 millones de euros que contribuya a impulsar los esfuerzos frente a la pandemia.

El fondo incluye 500.000 millones para el otorgamiento de subsidios a los países más golpeados por la crisis, con cargo al presupuesto de la Unión Europea, y cada país asumiendo el reembolso de manera proporcional a su contribución al fondo común. Los 250.000 millones restantes son para préstamos.

La propuesta, aparte de cambiar la posición tradicional germana, ya ha levantado molestia en países como Austria, que preferirían hablar únicamente de prestamos en lugar de subsidios. Sin embargo, en esta ocasión los efectos de la pandemia, a los que se suma la incertidumbre generada por el Brexit, y la inestabilidad que se puede presentar en la región, crearon las condiciones para esta movida audaz y con características que antes habían sido rechazadas.

Las palabras de von der Leyen son muy dicientes: “lo que está en juego es nada menos que la capacidad de la UE de demostrar su utilidad básica para sus ciudadanos”. A lo que sigue una disculpa a Italia por la tardanza en la respuesta.

Desafortunadamente, no en todas partes se actúa igual. En Colombia las ayudas del Gobierno llegaron tarde y en una cantidad inferior a lo esperado. Mientras los titulares de los medios del país hablan de la debacle económica con cifras como una contracción de la economía del orden de 10% o una tasa de desempleo cercana a 20%, solo después de dos meses de cuarentena empiezan a hacerse desembolsos para pago de nóminas, cuando ya muchas empresas cerraron y miles de personas perdieron sus empleos.

Por su parte, el ministro Carrasquilla dice que el Gobierno no tendrá miedo de tomar las medidas necesarias para reactivar la economía. “No tendrá”, en futuro - como si no hubieran pasado ya dos meses en que se dejó destruir el tejido productivo mientras se disparaban los despidos.

Igualmente, en el país toma fuerza la idea de la renta básica para los hogares. La respuesta de Carrasquilla fue “Renta básica para hogares, sí, pero no en esta emergencia”. ¿Entonces cuándo? ¿Cuando sea tan pertinente como el subsidio a la nómina para empresas que ya cerraron?

A lo largo del mundo, la crisis obliga a adoptar medidas que se salgan de los esquemas ordinarios para los cuales han sido diseñados las reglas y estándares vigentes. Paradigmas que antes no eran cuestionados hoy toman un lugar central en la agenda económica global.

Se requieren medidas audaces; la destrucción del tejido empresarial y el costo humano por el impacto económico de la crisis son cargas que el país no puede asumir. Parafraseando a von der Leyen, lo que está en juego es nada menos que la capacidad de la economía de demostrar su utilidad básica para los ciudadanos. Y nos quedan debiendo la disculpa.