Economía y cambio climático

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Dos hechos recientes invitan a poner el tema del cambio climático en el centro de la agenda global: por un lado, el preocupante reporte del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (Ipcc) y, segundo, el Premio Nobel de Economía otorgado a William Nordhaus y Paul Romer.

Las conclusiones de la investigación auspiciada por Naciones Unidas, en la que participaron 91 científicos de 40 países son contundentes: si las emisiones de gases continúan a su ritmo de crecimiento actual, en 2040 la atmósfera estará 1,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, con consecuencias como frecuentes inundaciones en zonas costeras, sequías, incendios de bosques y mayores niveles de pobreza.

Evitar este escenario requerirá una reducción de entre 6% y 9% de la emisión de gases con efecto invernadero en todos los países por los próximos 50 años. Será necesario hacer esfuerzos que permitan revertir los daños ya causados sobre la atmósfera, así como atacar las principales fuentes detrás del cambio climático: la destrucción de los bosques y la quema de combustibles fósiles.

Algunos sectores de la economía han mostrado su rechazo. Cumplir con las metas señaladas implicaría dejar de explotar buena parte del carbón, petróleo y gas que están en el subsuelo. El lobby de varias compañías de industrias extractivas y las prioridades políticas en países como Estados Unidos, China, India, Rusia, e incluso Brasil, ante el triunfo de Bolsonaro, generan un alto escepticismo sobre el logro de dichas metas. Más aún, han contribuido a crear una narrativa errada según la cual el desarrollo económico es incompatible con la lucha contra el cambio climático.

Esto contrasta con la decisión de otorgar el Premio Nobel de Economía a William Nordhaus y Paul Romer por sus trabajos sobre el cambio climático y la innovación. De manera específica, por contribuir a entender las variables por las cuales se pueden alcanzar niveles de desarrollo sostenibles y sustentables, a partir del análisis de las interacciones entre la economía de mercado, la naturaleza y el conocimiento.

Nordhaus, en particular, ha integrado el cambio climático al análisis macroeconómico de largo plazo, lo que permite estudiar la relación entre la economía y el clima: el costo en el aumento de las emisiones de CO2, sus impactos sobre la actividad económica, y las consecuencias de diferentes políticas públicas en esta materia.

Su diagnóstico sobre las medidas que se han adoptado en los últimos años, y frente al informe del Ipcc son bastante pesimistas: “en la lucha contra el cambio climático, necesitamos científicos, necesitamos economistas, necesitamos negociadores, necesitamos innovadores en el mundo de la empresa. Por ahora no estamos haciendo nada”, dijo recientemente.

Y es que el reto no es menor: se requieren diseños institucionales que permitan que múltiples países adopten políticas de manera coordinada; que sean capaces de poner los objetivos globales por encima de sus agendas individuales y cortoplacistas.

Estas medidas de política serán muy difíciles de lograr si no van acompañadas de iniciativas “de abajo hacia arriba” donde la ciudadanía ejerza cada vez más presión para que el cambio climático ocupe un lugar prioritario en la agenda del desarrollo. Es claro que los líderes mundiales actuales son inferiores a un desafío que sobrepasa cualquier referente del pasado.

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