Analistas

Dos visiones sobre la paz

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Cada vez crece más la preocupación por la implementación de los acuerdos de paz. A los insuficientes avances del Gobierno saliente en cuanto a la puesta en marcha de los programas de desarrollo con enfoque territorial y los pobres resultados en materia de sustitución de cultivos, se suma la incertidumbre respecto al futuro de los acuerdos en el nuevo gobierno.

No obstante, una adecuada comprensión de lo que han sido las diferentes visiones sobre la paz le permitiría al presidente electo la oportunidad de evitar errores del pasado y ser él quien consolide estos esfuerzos.

Los procesos de paz adelantados por el país hacia finales de los ochentas y comienzos de los noventas se concentraron en la desmovilización de los integrantes de los grupos armados: a cambio de la entrega de armas, los excombatientes recibían beneficios económicos menores.

El gobierno no adquiría compromisos en materia de transformaciones territoriales. Estos procesos lograron la desarticulación de estructuras armadas, pero fallaron al no atacar las condiciones económicas y sociales de los territorios, lo cual permitió que nuevas formas de violencia reaparecieran, con saldos mortales ampliamente documentados.

Hacia mediados de los noventas, con la llegada de ‘Chucho’ Bejarano como Alto Consejero de Paz, esta visión cambia y se retoma una idea que había estado en el ambiente más de una década atrás: la paz requería acompañar la desmovilización de grupos armados de una serie de transformaciones territoriales.

Dos décadas más tarde, en el gobierno de Santos, la idea de “paz territorial” desarrolla esta visión, la cual queda plasmada en los acuerdos de La Habana. Así, se establece la necesidad de construir Estado en los territorios, garantizar los derechos de las poblaciones en las zonas más afectadas por el conflicto y hacer las inversiones que permitan el cierre de brechas respecto a la Colombia urbana.

Este es el reconocimiento de las obligaciones que tiene un Estado moderno, especialmente en un contexto de construcción de paz.
Sin embargo, aunque esta visión quedó incorporada a los acuerdos, ha estado muy lejos de permear el proceso de implementación. Es claro que, en lugar de la idea de “paz con transformaciones”, se está regresando al fallido modelo de “paz como desmovilización”.

Esto no sorprende si se tiene en cuenta que, quien lideró el fallido modelo de hace casi tres décadas, Rafael Pardo, es quien ha estado a cargo de liderar el posconflicto. Así, detrás de los errores en la puesta en marcha de los acuerdos subyacen dos visiones contrarias sobre la paz: una acertada, con la que se negoció, y una diferente para la implementación, que ya ha mostrado sus límites.

El éxito de la negociación con las Farc se debe a haber identificado las transformaciones que se requieren para hacer un cierre definitivo del conflicto armado. El modelo contrario, que erróneamente se ha intentado implementar, es profundamente débil, como se ha visto, y pone en riesgo los avances en seguridad que se han vivido recientemente en varias regiones del país.

El nuevo gobierno tiene la oportunidad de ser quien coseche los logros del cierre del conflicto a partir de la adopción de la agenda de transformaciones que requiere el país. Sería un error seguir insistiendo en fórmulas agotadas.

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