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Analistas 04/12/2023

El Presidente en su laberinto

Juan Pablo Liévano Vegalara
Exsuperintendente de Sociedades

Estamos en un momento crítico. La economía va mal y, aún más grave, existe inseguridad y un sentimiento de angustia sobre el presente y futuro. Parece que a nuestro Presidente le quedó grande gobernar, pues no se gobierna para unos, sino que se gobierna para todos, y con agenda y metodología. Algunos se alegran, pues piensan que, como va, no podrá hacer los cambios institucionales y económicos que siempre ha querido hacer y que el país volverá a su curso en 2026. Otros nos preocupamos, pues creemos que la falta de un verdadero liderazgo presidencial, que busque dialogar y concertar en beneficio de todos, radicalizará al país, torpedeará la inversión y pasará una cuenta de cobro abultada en 2026. Serán dos años perdidos de crecimiento económico, que redundarán en el aumento de la pobreza y la reducción del bienestar y la tranquilidad de los colombianos. Pero ¿qué le pasó al Presidente? La respuesta es que el Gobierno se enredó y se perdió en el propio laberinto del Presidente, construido sobre su personalidad, datos tergiversados, propaganda falaz, contradicciones, malas políticas, dogmatismo, falta de ejecución y malos funcionarios. Lo cierto es que el presidente llegó al poder por la falta de opciones y catapultado por las protestas callejeras, en gran parte por la insatisfacción de varios sectores de la sociedad con los resultados de gobernanza de varios años y, en cierta medida, por el estrés y las preocupaciones que generó la pandemia. Como dirían, se le alinearon los astros. El Presidente, en su momento, y en cierta forma, fungió como catalizador y fue el gran beneficiado de esa situación. Además, se la creyó y pensó que la calle era suya. Por eso buscó gobernar azuzando las bases y con discursos de balcón. No funcionó. Colombia no es de calle con discursos vacíos, carentes de trabajo y resultados, o de propuestas quijotescas y utópica. La conclusión es que las calles no son suyas, o porque las perdió o porque nunca lo fueron y, por eso, su desaprobación alcanza el 66%. A este nivel de desaprobación, además de sus discursos vacíos, quijotescos y utópicos, contribuyeron los escándalos generados por su círculo íntimo y la financiación de su campaña. A la ciudadanía le cayó supremamente mal esta situación, tanto así que las elecciones regionales le pasaron una inmensa factura y el Congreso, a pesar de todo el poder del ejecutivo, mantiene en cierta forma su independencia y criterio. Por si fuera poco, parece que no hay Gobierno, por cuanto no hay un director de orquesta, con planes realizables, que articule a los ministros y otros funcionarios de primer nivel. Tampoco se ven en otros niveles suficientes funcionarios, preparados y capaces de llevar a cabo las agendas, pues la Colombia Humana y el Pacto Histórico no tienen suficiente gente con la capacidad y experticia técnica requerida y, cuando la tienen, están nublados por el dogmatismo. Algunos dirían que el Gobierno carece de equipo, propósito, método y disciplina. La conclusión es que el Presidente se preparó para llegar a la presidencia, pero nunca se preparó para gobernar. Por eso está enredado en su propio laberinto, en perjuicio de los colombianos.

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