.
Tribuna Universitaria 25/07/2026

Domar al tigre

Juan Manuel Nieves R.
Estudiante de Comunicación Política
JUAN MANUEL NIEVES

Durante la campaña presidencial, Abelardo de la Espriella creó un personaje eficaz: el Tigre. Era fiero, desafiante, irreverente y prometía enfrentar sin contemplaciones a la criminalidad y derrotar a quienes, según su discurso, habían llevado al país al desastre. Fue una estrategia exitosa. En una sociedad cansada de la inseguridad, la improvisación y los discursos ambiguos, el Tigre proyectó decisión y autoridad.

Abelardo entendió algo que muchos políticos tradicionales nunca comprendieron: las elecciones no siempre las gana quien presenta el programa más elaborado, sino quien logra representar una emoción colectiva. Su personaje encarnó la indignación de millones de colombianos. Se transformó en símbolo, consigna y espectáculo. No hablaba como un candidato convencional, sino como el protagonista de una historia en la cual debía rescatar al país de sus enemigos.

El problema es que las campañas simplifican, mientras gobernar obliga a entender la complejidad. El personaje que sirve para conquistar votos puede convertirse en una carga cuando llega el momento de ejercer el poder. Y hoy existe el riesgo de que el Tigre se esté comiendo a Abelardo; que la criatura electoral haya ocupado el lugar de la persona y pretenda instalarse también en la Presidencia.

Colombia tiene un régimen presidencial particularmente fuerte. El jefe de Estado dirige el Gobierno, comanda la Fuerza Pública, participa decisivamente en la elaboración del presupuesto, presenta proyectos de ley, designa altos funcionarios y representa al país en el exterior. Cuando una personalidad dominante llega a una institución con semejante concentración de poder, la prudencia deja de ser una virtud decorativa y se convierte en una obligación democrática.

La vanidad es peligrosa en cualquier gobernante, sin importar su ideología. El poder está rodeado de aduladores que celebran cada ocurrencia y presentan cualquier crítica como una conspiración. Poco a poco, el mandatario puede comenzar a confundir su voluntad con la voluntad popular, su destino personal con el destino de la nación y sus opositores con enemigos de la patria.

Colombia ya vivió esa experiencia con Gustavo Petro. Llegó al poder convencido de encabezar una transformación histórica y terminó hablando muchas veces como un libertador incomprendido, situado por encima de las instituciones y de las limitaciones de la realidad. Su relato terminó siendo más grande que su capacidad de ejecución. La grandilocuencia reemplazó con frecuencia a la gerencia, y cada dificultad fue atribuida a fuerzas oscuras empeñadas en impedir el cambio.

El próximo Gobierno recibirá, además, un país que no admite improvisaciones. En materia económica deberá enfrentar un déficit fiscal cercano a 7% del PIB, una inflación todavía elevada, tasas de interés restrictivas, una deuda costosa y un presupuesto lleno de obligaciones. Tendrá que recuperar la confianza empresarial sin abandonar la responsabilidad social, promover inversión, generar empleo formal y ordenar las finanzas. En seguridad, el reto es todavía más delicado. Al finalizar 2025, los grupos armados organizados sumaban más de 27.000 integrantes, ejercían algún grado de influencia en cerca de 600 municipios y mantenían numerosas zonas de disputa. No basta con rugir desde Bogotá ni anunciar megacárceles.

Abelardo debe conservar la cercanía que le permitió interpretar el descontento ciudadano. También puede mantener la firmeza que lo llevó a la victoria. Pero necesita abandonar el escenario electoral y comprender que ya no representa solamente a quienes gritaban “Tigre” en sus concentraciones. Ahora debe gobernar para quienes votaron por él, para quienes votaron en su contra y para quienes no participaron.

Conozca los beneficios exclusivos para
nuestros suscriptores

ACCEDA YA SUSCRÍBASE YA

MÁS DE TRIBUNA UNIVERSITARIA

ÚLTIMO ANÁLISIS 19/06/2026

La democracia del berrinche

Ese es el riesgo de la democracia del berrinche: no necesita demostrar nada, le basta con sembrar la duda. No corrige irregularidades concretas; instala la sospecha total