martes, 4 de febrero de 2020

Hay dos tipos de juegos -dice Simon Sinek en su último libro-, uno es el juego finito que todos conocemos: un partido de fútbol, por ejemplo, en el que hay reglas, contendores claramente identificados y un tiempo establecido para que haya un ganador. Pero también, afirma, existen los juegos infinitos. Esos en los que no hay un período limitado de tiempo, los jugadores no siempre se pueden predecir y las reglas no están totalmente claras. El mayor propósito de un juego infinito es lograr que el juego nunca termine. Y ese es el juego en el que están los negocios y las marcas. Por eso ningún gerente debería pensar que su juego es finito. Es cierto que las marcas acaban muchas veces con una fusión o una adquisición, pero nadie que trabaje para la marca debería pensar que el juego tiene un período determinado de tiempo.

Simon Sinek es el mismo autor que hace unos años puso a todas las compañías a buscar su propósito con una famosa conferencia TED y un libro que le siguió. Su frase más famosa decía que no es lo que hacen ni cómo lo hacen lo que diferencia a las marcas y a las compañías, sino el por qué lo hacen. Y es curioso que ahora que las compañías se han preocupado tanto por encontrar su propósito, que el gran problema es que han caído en el error de jugar juegos finitos. Lo vemos todo el tiempo: presidentes de compañías que solo trabajan para el siguiente trimestre o emprendedores a los que solo les interesa ser comprados lo antes posible. Una de las frases más inspiradoras que cita Sinek en el libro es la del presidente de Victorinox, la famosa marca suiza que tuvo que reinventarse para no depender de un solo producto:

“Nosotros no pensamos en trimestres. Nosotros pensamos en generaciones”.
¿Cuántos negocios que conocemos en nuestro entorno piensan en generaciones? Muy pocos. Tal vez ninguno. Muchos autores se han referido a la obsesión en la que viven los negocios con el corto plazo como uno de los peligros más grandes no solo para los negocios, sino también para la economía. En su campaña a la presidencia del 2016, Hillary Clinton denunció el “capitalismo trimestral” como un gran peligro para la economía norteamericana. De hecho, proponía cambios en la política fiscal para asegurar que las empresas tengan que pensar en el largo plazo. El juego infinito es relevante en el mundo de los negocios, pero también en la economía y en la política. Aunque los funcionarios y los parlamentarios se eligen para períodos determinados, los países tienen que entender que su juego es infinito.

En agosto del año pasado, Harvard Business Review publicó un estudio con más de 300 directivos de marketing, el cual concluyó que 69% del tiempo lo dedican a “administrar el presente” y solo el 31% del tiempo lo usan para “prepararse para el futuro”. El impacto ya se nota en muchas marcas. La obsesión por generar ventas en el corto plazo está dejando a muchas marcas heridas de muerte. Todas las marcas son juegos infinitos que algún visionario comenzó. Con absoluta seguridad en ese momento no sabía los desafíos que llegarían ni los enemigos y competidores que enfrentaría. Las marcas, los emprendimientos y los países no pueden llevarse a la cancha de los juegos finitos. Claro, los juegos infinitos requieren sacrificio y valentía. La primera obligación es asegurar que continúen. Las personas (así como los bonos, los ascensos o los reconocimientos por la popularidad) pasan, pero el juego tiene que continuar.