Comercio

Nuestras guerras comerciales

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Meses atrás, el presidente Trump impuso aranceles al acero y al aluminio en lo que sería el conato de una guerra comercial. Su argumento, no tan lejano del que se utiliza en nuestro país, asume que se gana o pierde en función de lo que arroje la balanza de cuenta corriente y, particularmente, su principal componente, el comercial. Así, el comercio es un juego de suma cero que requiere superávits, los cuales reafirman la soberanía y son sinónimo de desarrollo económico.

No obstante, pensar el comercio de esta manera es erróneo. Según Robert Solow, quejarse de importar más de lo que se exporta es como vivir indignado con el peluquero, de quien adquirimos servicios, pero nada nos compra. En realidad, un déficit comercial puede ser el reflejo de que nos cuesta mucho producir algunos bienes por nuestra cuenta y de que importarlos nos es útil en la producción de otros bienes y servicios para los que somos más productivos.

Inclusive, esta razón devela el sesgo anti-exportador de los reclamos contra las importaciones, los cuales, al limitar la adquisición de insumos y bienes de capital, frenan el proceso productivo, especialmente en países en desarrollo como el nuestro. Peor aún, esto retrasa el desarrollo de las cadenas de valor, uno de los caminos más eficientes para la industrialización en un mundo globalizado.

Igualmente, la crítica a los déficits olvida que estos se componen de desbalances entre ahorro e inversión. De hecho, Paul Krugman argumenta que no hay que temerles pues pueden ser el reflejo de que ahorramos poco y de que somos un país atractivo para invertir. Precisamente, el acceso a financiación e inversión explica por qué no entramos en recesión en los últimos años, con un déficit abultado y una caída de los ingresos petroleros, y sí en 1999, cuando la financiación fue cortada de tajo.

En realidad, estas críticas ocultan los verdaderos problemas: poco comercio, baja explotación de ventajas comparativas y rezagos en infraestructura logística, de transporte e institucional. Igualmente, no existe una red de seguridad que compense a los posibles perdedores de la apertura, lo cual eleva la oposición a la misma. Atender estos rezagos, no declararnos una guerra comercial interna limitando importaciones, es la manera de triunfar en la economía internacional.

Finalmente, debemos reconocer que detrás de la oposición al libre comercio yacen razones de economía política. Enemigos externos como los TLC y las importaciones azuzan un chovinismo que capitaliza apoyos políticos y blinda a los beneficiarios de la protección a expensas de los más pobres, lo cuales se ven obligados a pagar precios elevados. No olvidemos que los primeros están mejor organizados políticamente que los millones que caerían en la pobreza si se cierra la economía. Es por esos millones, que son invisibles, que debemos enfrentar a los que libran una guerra comercial dentro y fuera del país.

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