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Este año sí

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Juan Carlos Zuleta Acevedo - juanzule@yahoo.com Consultor en Emprendimiento e Innovación

Muchos no olvidarán el año viejo porque, como dice la famosa canción, “me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra”, es decir, sólo activos valiosos, especialmente este último. Tal vez otros sí querrán olvidar el año que pasó por haber tenido eventos desafortunados y que no quisieran repetir. Sin embargo, no creo equivocarme al afirmar que la gran mayoría obtuvimos resultados mixtos y que, en algunos casos, el desenlace no dependió única y exclusivamente de nosotros porque los hechos simplemente se dieron, a nuestro favor o en contra, y muchas veces ni siquiera los vimos venir.

En cualquier caso, el cambio de año es una buena época para hacer balance de cada uno de los aspectos que hacen parte de nuestra vida y sobre los que sí tenemos incidencia, ya sea para mantenerlos o potenciarlos si pensamos que están bien enfocados, o para redireccionarlos si vemos que requieren un ajuste.

Un ejercicio de autoexamen, así como lo hacen las empresas en sus planeaciones estratégicas, no es otra cosa que comparar el resultado deseado con el resultado realmente obtenido, identificar las causas de las desviaciones y definir planes de acción que nos ayuden a corregir el rumbo para poder alcanzar los objetivos que inicialmente habíamos definido. De hecho, también cabe la posibilidad de replantear los objetivos cuando la realidad nos demuestra que los medios para conseguirlos están fuera de nuestro alcance; es fundamental saber adaptar los planes a las circunstancias porque, de lo contrario, podríamos acabar profundamente frustrados ante el fracaso.

Si hay una competencia clave para realizar con éxito un ejercicio de autoexamen es la humildad, pues gracias a ella es que somos capaces de aceptar la realidad así nos cueste, identificar nuestras fortalezas y reconocer nuestros límites, para que, a partir de ellos, construyamos nuestro futuro. De nada sirve proponernos objetivos que, desde el comienzo, ya sepamos que no vamos a cumplir.

En el libro “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, la psiquiatra española Marian Rojas Estapé habla de la importancia de tener un proyecto de vida claramente definido, pues quien no tiene un plan siempre será esclavo de lo inmediato, del corto plazo: reaccionará según impulsos, emociones y sentimientos, por lo que resultará fácilmente manipulable por las circunstancias.

La pasión y el optimismo son dos actitudes muy poderosas para la consecución de metas. La pasión es un multiplicador de energía, hace que nos ilusionemos con un objetivo y nos ayuda a superar cualquier obstáculo que se atraviese en el camino; además, la pasión se contagia a las demás personas que tienen proyectos de vida en común con nosotros: familia, amigos, compañeros de trabajo, por mencionar algunos.

Las personas optimistas tienen la capacidad de ver oportunidades detrás de los problemas mientras que los pesimistas siempre encontrarán una excusa para no afrontarlos; para acabar de ajustar, los pesimistas pueden ver reducida su expectativa de vida hasta en un 19%, según una investigación de la Clínica Mayo (Rochester, Minnesota). El optimismo es necesario, y más en la actualidad; de hecho, el psicólogo israelí Tal Ben-Shahar dicta el curso más concurrido de la Universidad de Harvard, en el que enseña a ser feliz. Definitivamente, podemos y debemos aprender a ser positivos, pues las personas que han llegado más lejos en la vida tienen una visión optimista de la realidad y saben comunicarla a los demás.

Propósito: dedicar más tiempo a las cosas que nos hacen realmente felices.

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