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Hoy parecería que una empresa que no habla de sostenibilidad es casi sospechosa. Informes llenos de siglas, discursos sobre impacto, compromisos públicos y declaraciones grandilocuentes. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces se formula: ¿es realmente sostenible una empresa que no gana dinero?
Puede sonar políticamente incorrecto, pero una compañía que no genera utilidad no es sostenible. Punto. Sin rentabilidad no hay reinversión; sin reinversión no hay empleo; y sin empleo no hay impacto social posible. La primera responsabilidad de cualquier empresa es sobrevivir. Lo demás viene después.
En muchos casos, la sostenibilidad se ha convertido en un discurso paralelo al modelo de negocio. Se habla de ella como si fuera un departamento independiente, una etiqueta reputacional o un requisito para no quedar mal en la conversación pública. Esa desconexión es peligrosa. Cuando la sostenibilidad no está integrada en la forma como se crea, se captura y se comparte valor, termina siendo cosmética.
También se ha vuelto común confundir sostenibilidad con activismo. La empresa no está llamada a resolver todos los problemas del mundo ni a asumir posturas ideológicas para demostrar sensibilidad. Su papel es mucho más concreto y, paradójicamente, mucho más poderoso: desarrollar su objeto social o, mejor aún, cumplir con su promesa de valor.
La verdadera sostenibilidad se ve en la generación de empleo digno y bien remunerado; en la optimización de los procesos; en la calidad con la que se fabrican productos o se prestan servicios; en el pago puntual de todas las obligaciones; en las decisiones de inversión acertadas; en las iniciativas para cuidar el medio ambiente; en las relaciones comerciales de largo plazo; y en muchas otras acciones que hacen parte del día a día empresarial y que los especialistas en la materia convierten en “atributos de sostenibilidad”.
Decir que la sostenibilidad es valor compartido no es un eslogan; es una descripción del funcionamiento económico básico. Una empresa crea valor cuando el mercado paga por lo que ofrece.
Ese valor se comparte con los grupos de interés: empleados, proveedores, acreedores, accionistas, entorno y Estado. Si ese círculo funciona, hay sostenibilidad. Si no funciona, no hay narrativa que lo salve.
En el fondo, la sostenibilidad no se declara: se demuestra. Es una consecuencia de hacer bien la tarea básica del empresario: tomar decisiones con criterio. Las empresas verdaderamente sólidas no se construyen para ganar premios, sino para durar. Como lo muestran Jim Collins y Jerry Porras en el libro Built to Last (Construido para durar), las compañías sostenibles construyen principios y sistemas que resisten el paso del tiempo.
La sostenibilidad no es romanticismo ni moda corporativa. Es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.Es integrar la creación de valor al propósito y sostenerla en el tiempo. Lo demás puede sonar bien, pero si no pasa por el estado de resultados, es simplemente discurso.
El día que la sostenibilidad necesite jurado, dejó de ser convicción.
No es la notificación unilateral de la empresa de salud la que toma decisiones sobre contratos firmados por las partes
Es necesario que todo el departamento, en un proceso más riguroso, recupere los pondajes que amortiguaban el peso de las crecientes, muy variables, y los convierta en partes fundamentales de la prevención de desastres